El Papa León XIV ha llegado a España de visita oficial y lo ha hecho acompañado de la pomposidad a la que el Partido Popular de José Luis Rodríguez Almeida nos tiene acostumbrados. Ha sido una visita casi espectacular que ha rodeado al sumo pontífice de un halo casi de estrella del rock que, literalmente, ha llenado el Santiago Bernabéu. Ha acaparado programaciones especiales en la televisión pública que fue líder de audiencia en su franja horaria cuando emitió todo el evento relacionado con el primer papa estadounidense de la historia. Discurso, saludo a las autoridades, la homilía correspondiente, una misa popular en pleno Paseo de la Castellana y una vista inesperada e histórica, por ser la primera, al un Congreso de los diputados que, junto con el Senado, se reunió en Cortes para escuchar León XIV y aplaudirle durante siete minutos.
Lo primero que se nos viene a la cabeza es el concepto de la pomposidad y la oficialidad en sí. España hospeda a jefes de Estado en visitas oficiales innumerables veces al año, pero huelga decir que ninguno ha alcanzado semejante expectación. Podemos decir más: no ha sido el primer Papa que ha venido a España de viaje oficial. Todavía podemos recordar la expectación que generó Benedicto XVI cuando organizó la jornada mundial de la juventud en Madrid en el año 2011 que nos dejó la imagen de Dolores de Cospedal vestida con la mantilla negra. El PP de Madrid, este año, lo ha vuelto hacer (aunque sin mantilla oficial esta vez). La visita de León XIV ha coincidido con Bad Bunny, otro ídolo de masas que genera opiniones intelectuales y artísticas de diferentes calados pero que ha demostrado cómo las nuevas generaciones tienen un idea diferente a la de los milenial a la hora de seguir a sus ídolos. Gente de edades similares se han sentado a escuchar a un producto actual una noche para, pocos días después, acudir a una multitudinaria misa organizada por el mismísimo heredero de San Pedro.
No perdamos el norte. Una misa católica es un ritual precioso cargado de significado para aquellos que realmente practican la interpretación católica del cristianismo. No hay nada de malo en cerrar la Castellana para estos eventos, igual que no lo hay cuando, en lugar del heredero de San Pedro y su papa móvil, es el autobús de la selección española el que recorre la calle en celebración del título correspondiente.
Es sabido cómo la religiosa fue una de las cuestiones calientes que tuvieron que debatir los padres de la constitución que no querían perder esa “justificación” católica de España pero que, a su vez, aquel era el catolicismo que reconoció desde el primer momento al régimen franquista y sus cuarenta años de dictadura.
Asperezas ha levantado este viaje entre mucha gente que, constitución en mano, ha corrido a señalar el carácter aconfesional del Estado español, tal y como indica el artículo 16 de los derechos fundamentales. Este artículo establece la libertad religiosa, como no podía ser de otra manera en un democracia plena pero, en su apartado tres, deja bien claro el carácter predominante del catolicismo. Es en este artículo 16.3 de donde emana el carácter aconfesional cuando establece que ninguna religión tendrá carácter oficial. Sin embargo, el mismo artículo corre a apuntar que tendrá en cuenta la confesión de la mayoría de la sociedad española y mantendrán [los poderes públicos] las correspondientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y con las demás confesiones. Es sabido cómo la religiosa fue una de las cuestiones calientes que tuvieron que debatir los padres de la constitución que no querían perder esa “justificación” católica de España pero que, a su vez, aquel era el catolicismo que reconoció desde el primer momento al régimen franquista y sus cuarenta años de dictadura.
Nos podríamos preguntar entonces si el hecho de que el Papa haya dado un discurso en el Congreso de los Diputados reunidos en Cortes (recordemos, Congreso y Senado en sesión conjunta) se ajusta o no se ajusta a un espíritu español que alguien ha entendido como laico. La respuesta corta es que, con independencia de que haya hablado en calidad de Jefe de Estado o de jefe religioso, cosa casi imposible de diferenciar en su figura, no hay reglamento que impida que un líder religioso hable en la sede la soberanía nacional.
La sociedad actual está tan enferma que se sorprende de que un papa pida respeto por la dignidad y la vida de las personas.
Tal vez todos los que hemos fruncido el ceño al ver al papa en a tribuna de oradores nos hemos quedado más tranquilos cuando, cogiendo partes de su discurso, ha dejado claras ciertas cosas que hoy en día están en entredicho por parte de aquellos que apoyan a la extrema derecha. Y es que, el catolicismo es algo tan ligado al tradicionalismo y al patriotismo español que de una manera indirecta hemos asumido que las tesis, por ejemplo, de VOX, son compartidas por el mismísimo Vaticano. Es cierto que ciertos presidentes de la Conferencia Episcopal Española se han mostrado en contra de diferentes avances y propuestas sociales aprobadas por los diferentes gobiernos y Cortes españolas en el pasado y que, por ello, situamos al catolicismo español a la derecha del espectro. Todo esto hace que hayamos respirado aliviados cuando el papa ha defendido la educación pública como método de ascensor social y haya dado un tirón de orejas a todos aquellos que ven al inmigrante como un objeto del que deshacerse en el primer contenedor. La sociedad actual está tan enferma que se sorprende de que un papa pida respeto por la dignidad y la vida de las personas.
Evidentemente, como papa que es, no puede mostrarse a favor ni de la ley de la muerte digna, ni del aborto, ni del divorcio, ni del matrimonio homosexual ni de tantas otras cosas de avance social que son precisamente fruto de la ruptura entre iglesia y el Estado. Pero son cosas que, parece, muchos diputados y diputadas han asimilado, no han pedido peras al olmo y se han quedado con la parte buena de esta visita. Tal vez habría ido todo aún mejor si hubiera mostrado contundencia con unos casos de pederastia y de abusos que no dejan de salir, o mayor contundencia con unos algunos países que condenan a muerte a los ciudadanos acusados de practicar la homosexualidad; o incluso, un poco de mano abierta para aquellos que quieren terminar con su sufrimiento.
Todo avanza, la tolerancia avanza, pero parece que aún estamos muy lejos de justificar siete minutos de aplausos.