La noche de los cristales rotos

Muchos autores de ciencia ficción o, en una escala diferente, algunos teóricos de la conspiración, defienden la existencia de un super poder que controla la sociedad −para algunos es el capitalismo−, o que incluso llega a controlar las mentes de la gente. Honestamente pongo en duda que los organismos internacionales hayan apostado abiertamente por insertar microchips en las vacunas contra el COVID, disuelto drogas indeterminadas en el agua o colocar cámaras en cada esquina para convertir nuestro mundo en un gran hermano gigante. Lo dudo honestamente porque no hace falta nada de eso para mover a la marabunta cuando ya han creado las redes sociales. Esto que he dicho no es nada nuevo. Las redes sociales están manos de gente que las sabe utilizar para guiar aquellas mentes que se dejan guiar por las informaciones rápidas y cortas que satisfacen sus necesidades, no ya de conocimiento, sino de comprensión del mundo.

No quiero llegar a la generalización extrema, pero el extremo es lo que impera en el entramado de las redes sociales. No recuerdo exactamente quién era, pero escuché a un colaborador en la radio diciendo algo muy obvio, pero muy interesante. Este decía:

la gente en las redes sociales cree que es capaz de comprender en veinte segundos algo que puede tardar horas en explicarse.

Sí, lo sé, es una obviedad que habrá dicho más de uno. No es posible, por mucho que nos empeñemos, explicar el conflicto entre judíos y palestinos en veinte segundos o, si me apuras, en un minuto. Ni el fascismo, ni el franquismo, ni las teorías del liberalismo, ni la social democracia ni un sin fin de cosas que intentamos reducir a lo absurdo. Entre las cosas que no se pueden explicar en un minuto está, por ejemplo, el asunto migratorio, la no integración, el odio fuera de sentido o la quema de calles y de chalets adosados en Belfast que ha sido la última noticia morbosa de la semana.

La capital de la región británica de Irlanda del Norte ha vuelto a conocer la violencia esta semana provocada como respuesta al ataque de un ciudadano sudanés, según los medios, a otro británico. Los mismos medios afirman que este sudanés pretendía degollar a su víctima, la cual ha perdido un ojo tras el ataque y tiene el otro en muy malas condiciones. La respuesta social no se ha hecho esperar y, en lugar de manifestarse pacíficamente mostrando el rechazo a lo ocurrido, un grupo de gente (por llamarlo de alguna manera), uniformados con su chándal negro, encapuchados y con máscaras en la cara, se pasearon por el barrio, literalmente, destrozando todo a su paso, rompiendo ventanas y coches, sacando a la gente de sus casas y quemando las viviendas.

Actos similares, aunque tal vez no tan barbáricos, pudieron verse en España el verano pasado, en julio de 2025, en la localidad murciana de Torre Pacheco. El desencadenante fue también un ataque de un joven magrebí a un hombre del pueblo que despertó una furia descontrolada, de nuevo por las redes sociales, que invitaba a la gente a salir a cazar al inmigrante. Los neandertales de Torre Pacheco parece que fueron más diplomáticos que los norirlandeses.

En ambos casos las redes sociales jugaron el papel principal lanzando mensajes simplistas y maniqueos y calando en las mentes simples de aquellos que no son capaces de analizar el por qué de las situaciones que tienen delante. Con el simplismo que les caracteriza, atan cabos y concluyen que si un joven magrebí ataca a un español el problema no es el atacante, sino toda la población a la que pertenece. Mismo planteamiento han tenido los radicales norirlandeses cuando han dado un paso más allá y han quemado la residencias de un barrio con inmigrantes de diferentes partes del mundo, pero quemando, también, casas de británicos que poco o nada tienen que ver con la inmigración.

Cualquier experto en historia del siglo XX, y cualquier aficionado a la historia contemporánea, conocerá el evento bautizado con el poético nombre de La noche de los cristales rotos.

Sé que hay agoreros por ahí fuera que no cejan en su empeño de relacionar los comienzos del siglo XXI con los del siglo XX. La verdad es que el paralelismo entre los dos periodos es bastante llamativo. La pandemia nos ha dejado otra crisis económica, otra más, que se ha dejado sentir en el sentimiento de una sociedad que está creciendo sin ningún tipo de control, que está inundada de información rápida que no aporta absolutamente nada más que una frustración generada por no entender lo que está pasando. Aquella frustración, aquel desconocimiento, aquella ignorancia generó el miedo necesario para reforzar el fascismo que, en los mismo años veinte de hace un siglo, dominó con sus discursos a toda la sociedad europea.

Cualquier experto en historia del siglo XX, y cualquier aficionado a la historia contemporánea, conocerá el evento bautizado con el poético nombre de La noche de los cristales rotos. Fue esta una noche que representa claramente los extremos sociales que se vivieron en el continente. Teniendo como pretexto el asesinato de un diplomático alemán en París, Ernst vom Rath, por parte de un estudiante judío, Adolf Hitler y su ministro de propaganda no dudaron en culpar a toda la comunidad judía y arengar a sus seguidores para que tomaran las represalias correspondientes. Los mensajes llegarían a las mentes de aquellos alemanes radicalizados que la noche del nueve al diez de noviembre de 1938, salieron a la calle a destruir casas, comercios, sinagogas y de más posesiones pertenecientes a los judíos y a su comunidad.

El nombre viene de los cristales rotos que llenaron el suelo de las diferentes ciudades alemanas y austríacas que, para más inri, los mismos judíos tuvieron que limpiar. Es fácil, muy fácil, hacer paralelismos y llamar, por ejemplo, La noche de la caza del moro de Torre Pacheco, o La noche de las casas quemadas de Belfast. Es fácil también buscar paralelos entre Elon Musk, Nigel Farage, Santiago Abascal o Le Pen y los instigadores Nazis que llamaron a la violencia simple y directa. Son ejemplos claros de cómo el odio, la ignorancia o la intolerancia son capaces de eliminar todo razonamiento, de pasar por encima del sistema complejo y estructurado como es el liberalismo y solucionar los problemas a golpes, como los neandertales.

Muchos inmigrantes son diferentes. Muchos de ellos sí, entran de manera ilegal en nuestro territorio. Muchos de ellos sí, delinquen y se aprovechan de nuestro sistema liberal y a estos los ves por televisión, los lees en revistas o los ves por redes sociales. Programas de televisión, periódicos y publicaciones en redes que no muestran a todos los demás inmigrantes, la mayoría de ellos, que están en sus trabajos, en sus casas, con sus amigos, haciendo vida normal como personas normales que son. Pero si medios y políticos, a fuerza de correlaciones espurias, por no decir directamente falsas, empiezan con la arenga y el bombardeo constante al inmigrante, al final la gente sale a romper cristales sin saber muy bien lo que están haciendo.

Los que arengan, los Elon Musk, los miembros de desocupa, periodistas varios, están echando gasolina a un incendio que ellos mismos han creado y han sido capaces de sembrar la duda razonable en muchas mentes lentas. El fascismo, como decía, es violento por definición, no sigue normas, no cree en las normas que ellos no hayan creado y matan y acusan a la inteligencia. Para vivir en el mundo actual hace falta de un conocimiento y de una tolerancia que en un mundo dominado por las redes sociales es imposible de encontrar.

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