Presidencialismo y sistema de mayorías

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      No siempre es sencillo definir o comprender el funcionamiento de un sistema electoral. Este, como norma general, está determinado por el régimen político donde se mueve, que, al determinar la relación entre los diferentes poderes del Estado, influirá también directamente en el régimen electoral. Pero, para envolver más la pescadilla, un cambio en el proceso electoral cambiaría, de manera directa, la forma en la que los poderes se relacionen entre sí, toda vez que, al tener legitimidades diferentes, tendrán también diferentes pesos y competencias, o eso cabe suponer.

    Queremos hablar aquí de los diferentes sistemas electorales pero, como suele suceder, siempre que queremos ir a lo concreto, acabamos caminando por las ramas, aceptamos que la política es algo más que un mero intercambio de opiniones de sobremesa y no teniendo más remedio que definir conceptos básicos para que vosotros, lectores ávidos de conocimiento, entendáis bien el funcionamiento para que ganéis en los debates del café.

Las constituciones democráticas garantizan el derecho de sufragio universal, delegando su funcionamiento en una ley orgánica, o sea, aquella que regula un derecho constitucional.

     Desde el punto de vista de un individuo del siglo XXI, cuando nos enfrentamos al análisis de un régimen político lo hacemos definiendo la relación entre los tres poderes: la manera que tengan estos de relacionarse definirán el sistema haciendo que, a su vez, esta relación esté

 también determinada por el sistema electoral, como ya hemos dicho.

     ¿Cuántos regímenes políticos hay? La respuesta primera, y más obvia, ecold-wars que habrá tantos regímenes como Estados existan, pudiendo cada uno definirse y resarcirse como más le plazca. Pero, aunque la política no es una ciencia exacta, desde la Ilustración encontramos unas normas que definieron nuestro ideal democrático, a partir de las cuales se han definido cada uno de los Estados que configuran el mundo libre, entendiendo este como, eso, países libres, democráticos y de Estado de derecho. Las normas de la democracia, menos expeditivas que las leyes de Newton, generan un amplio paradigma de posibilidades que, si bien será tan abierto como nuestra imaginación nos deje, también es cierto que crea una bolsa finita de posibilidades. Frente a esto, Estados dictatoriales personalistas, de partido o corporativos, al no ser democracias, no están sujetas a estas normas, desarrollando Estados y sistemas tan alocados como el nivel psiquiátrico de sus mecenas.

El mundo libre es un concepto antiguo.

Se utilizó durante la guerra fría para referirse a aquellos Estados que no pertenecían al bloque soviético

     Volviendo al tema que nos ocupa, tenemos tres sistemas democráticos característicos: presidencialismo, parlamentarismo y semipresidencialismo.

     El primero de ellos, el presidencialismo, cuenta con una serie de características propias que lo hacen sensiblemente diferente del sistema parlamentario –el primero caracteriza a Estados Unidos mientras que, el segundo, es el predominante en Europa-. Como sabemos que sois lectores asiduos y nos seguís de manera cercana, si echáis la vista a un par de artículos anteriores, recordaréis cómo el sistema estadounidense está caracterizado por una estricta separación de poderes que delimita de manera clara las competencias de cada uno de ellos. De lo que no hablamos en el artículo anterior fue de su sistema electoral, y nos parece interesante hablar sobre ello.

     En España estamos acostumbrados a un proceso electoral típico del parlamentarismo donde cada elector vota a una lista correspondiente a cada provincia. De entre los nombres de esta, salen los representantes de esa circunscripción electoral –ya hablaremos del sistema electoral parlamentarista en el siguiente artículo-. En Estados Unidos manejan un sistema distinto, muy distinto; muy interesante, pero distinto.

     Estados Unidos está dividido en cuatrocientos treinta y cinco distritos electorales por cada cual, los partidos presentan a un candidato que, muchas veces es, a su vez, elegido por los electores de este distrito; dicho de otra manera: por cada partido se presenta, generalmente, más de un candidato elaborando un proceso de “primarias” que, como todo el mundo sabe, consiste en que el elector vota a uno de estos candidatos para que sea, otra vez, candidato al escaño de representante. En http://www.house.gov/, la web oficial de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, tenemos un buscador donde, seleccionando el distrito que busques, podrás encontrar el representante por esa circunscripción.

El sistema español está basado en listas cerradas y bloqueadas, esto es, el electorado vota a una lista de candidatos que ha sido configurada por el partido, eliminando capacidad de modificación por parte del elector

    Estos sistemas están basados en un sistema comúnmente conocido como winner takes all o, el ganador se lo lleva todo. ¿Qué significa esto? En un sistema de mayoría el elector participa a razón de un elector, un voto. Tras el proceso electoral se hace el recuento de votos donde, aquel que obtenga la mayoría, es decir, una mitad más uno de aquellos, es el elegido y el representante de ese distrito en la cámara de representantes. ¿Qué sucede cuánto únicamente se envía un representante por distrito? Sucede, lo obvio: si sólo se envía a aquel candidato que obtiene la mayoría de los votos, todos aquellos votantes que se decantaron por el otro no tendrán ningún tipo de representación en la cámara. Con cifras será un poco más sencillo: Si en un distrito se presentan dos y uno de ellos obtiene el cincuenta y uno por ciento de los votos, el cuarenta y nueve por ciento restante, o sea, prácticamente la mitad del electorado, se quedará sin representación.

    La parte noble del sistema, apoyado por una cultura política distinta, es que tiende muy poco a la disciplina de voto. Mientras en el modelo parlamentario, paradigmático en el caso español, depende de unos partidos que configuran la lista de candidatos por cada circunscripción, a su antojo y libre albedrío, configurando una imagen inmodificable y donde el elector no juega ningún papel dinámico, el modelo de mayoría presenta, precisamente, esta nobleza, si se me permite, 2.0 –aunque tenga algún que otro siglo de historia-. Si el diputado depende del partido, aunque la independehouse-of-representativesncia del representante es algo consagrado en varias constituciones, incluida la nuestra, y defendido ferozmente por muchos políticos, incluidos los nuestros, lo cierto es que casi siempre, el diputado es un espejo que refleja las decisiones que el partido ha tomado previamente y este, el representante, simplemente, vota lo que dice.

     La nobleza, como decíamos, del modelo mayoritario, es que el representante depende del distrito al que pertenece, donde tiene una oficina de atención al ciudadano, donde, de vez en cuando, da charlas, conferencias o recibe a los ciudadanos, haciendo que el partido tenga menos control sobre él, lo que, unido a una cultura política más abierta, hace que, si el ejecutivo quiere llevar adelante una ley, salvando los contrapesos típicos del modelo estadounidense tenga que, necesariamente, hablar prácticamente con todos los diputados, incluyendo aquellos que pertenecen al mismo partido el líder y exponiéndose este a obtener un no por respuesta. Este modelo de mayoría lo emplean, tal cual, en el proceso de elección del presidente de la república pero con una salvedad.

     Un resultado lógico del sistema mayoritario es, como hemos dicho, el hecho de que aquellos que han votado a quien no gana se quedan sin representación, como hemos dicho más arriba. Pero esta disyuntiva parece haberse solucionado en las elecciones presidenciales. Para elegir al presidente, el proceso sí tiene en cuenta los dos conceptos: los representantes y los votos personales, o sea, el llamado voto popular. ¿Cómo funciona? Rápidamente:

   ¿Cómo funcionan las elecciones presidenciales en Estados Unidos?

      Cada distrito electoral manda un compromisario, igual que en la configuración de la cámara de representantes. A estos cuatrocientos treinta y cinco hay que sumarle dos por cartoon-2026564_1280cada Estado, correspondiente a los senadores, cien en total, y tres compromisarios por el Distrito de Columbia –el D.C que apellida a Washington-. El esquema consiste en dos variables: voto electoral y voto popular. El voto electoral corresponde a los compromisarios, quinientos treinta y ocho en total, que son los que elegirán al Presidente. Cada Estado cuenta con tantos votos electorales como representantes envía a la Cámara. Una vez terminado el recuento, se
aplica el sistema de winner takes all. Con todo, aquí sí que se tiene en cuenta la variable del voto popular; es decir, de número total de votos emitidos, y no únicamente aquellos que han ganado. De esta manera, el voto popular es el montante total de votos emitidos, que suele estar entre el cincuenta y el sesenta por ciento del censo electoral, arrojando una media de entre ciento veinte y ciento cuarenta millones de electores. El candidato a la presidencia debe ganar las dos variables, en número de votos electorales y en votos populares.

      Esto resulta un tanto extraño cuando intentamos explicarlo en su más absoluta teoría. Intentémoslo con un ejemplo: Aquí vemos los electoralcollege2012-svgvotos electorales que obtuvo Obama en las presidenciales de 2012. Este, en azul, obtuvo trecientos treinta y dos votos electorales frente a Romney, en rojo, con doscientos seis. A la vez, Obama obtuvo casi sesenta y seis millones de votos, frente a los sesenta y un millones de Romney. Aquí encontramos una victoria clara para los Demócratas, donde Obama ganó tanto en número de Estados como en número de votantes. Sin embargo, en 2000, en las presidenciales que enfrentaron a G.W.Bush y a Al Gore, las matemáticas nos dieron una alegría al presentarnos una variable que apoya nuestro texto, viendo cómo Al Gore perdió en número de Estados, veinte más el DC, frente a Bush, con treinta, pero ganó en voto popular, obteniendo 50.999.897 frente a los 50.456.002 de Bush.electoralcollege2000-svg

     Sí, perplejos nos encontramos. ¿Qué pasó entre Gore y Bush? Sucedió que, en términos absolutos, hubo más personas que votaron por Gore, pero que al no hacerlo Estados determinados, quedaron como perdedores gracias al sistema de mayoría. Los votos aquí tampoco valen lo mismo en un Estado u otro. En EEUU, el voto electoral tiene preeminencia.

 Florida sufrió un recuento de votos ante la sospecha de que uno de los compromisarios votara por otro candidato –hecho que, por otra parte, es legal, que no lícito-. Pasó lo mismo, pero cuantitativamente más abultado, en las elecciones de 2016: Clinton ganó en voto popular, 65.853.625, frente a Trump que, con 62.985.105, se coronó como Presidente. Admito que sería interesante obtener un software de cálculo para poner sobre la mesa todas las posibilidades, ¿algún voluntario?

Efectivamente, si el sistema electoral fuera el de un elector, un voto, ni Bush ni Trudonald-j-trump-1342298_1280mp, de nuestro tiempo presente, habrían llegado a la presidencia.

   El modelo proporcional, típico de los sistemas parlamentarios, tiende a solucionar estas disyuntivas y, tratados desde este punto de vista, el porcentaje de votos que recibe un partido suele verse reflejado en el porcentaje de escaños que ocupa en la cámara. ¿Cómo funciona?

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