
Lucía Godoy
La cultura. Todos tenemos una idea vaga acerca de lo que es, e incluso añadimos un sentido connotativo a ésta, adjetivándola en forma de “cultura pobre”, “cultura rica”, esto merece la pena y esto otro no.
Para comenzar, un ligero apunte. Existen diferentes definiciones para este concepto. Se podría decir que infinitas. Muchos autores lo han intentado, poniendo y quitando adjetivos, preposiciones e incluso comas, a otras definiciones ya existentes. Y es que esta palabra es muy extensa. Calma, sólo entraremos en tres definiciones.
Por una parte, se denomina cultura a todo ese volumen de conocimientos que vamos acumulando a través del colegio, instituto, universidad, trabajo, amigos, colegas, periódicos, televisión, radio, redes sociales, etc. Esta es la cultura que se llama general, porque es la que en definitiva sirve para ganar al trivial, para acumular y enriquecerse culturalmente. Y como ya se ha dicho: sabe más el diablo por viejo que por diablo.
La segunda y la tercera definición están muy ligadas entre sí, ya que generalmente una es consecuencia de la otra y viceversa, aunque esta norma no siempre se cumple (bienvenido a las ciencias sociales, donde las excepciones son la norma). La segunda definición reside en los padres, ellos que nos han dado todo, incluidos los valores, el sentido del bien y del mal, las formas correctas e incorrectas, normas, miedos, prejuicios, y un largo etcétera. Cuando tus padres te decían que no se debían coger cosas del suelo porque eran “caca”, lo que realmente estaban haciendo era inculcarte unas normas, que tú en un futuro inculcarás a tus hijos. Los primeros años de escuela también tienen un papel crucial, y también nuestros hermanos mayores. De esta forma surge la socialización, el primer paso para entrar en la sociedad, para no ser un bicho raro dentro de ésta. ¿Alguna vez te has perdido por YouTube y los millones de vídeos que hay sobre niños y animales? Nos asombra que haya bebés tan tontos como para acercarse a una serpiente e intentar tocarla, porque ya se sabe que las serpientes son peligrosas. A este mismo prejuicio me refiero.
La última definición de cultura se produce a una escala mayor: la sociedad. Normas, valores, juicios, prejuicios y todo lo necesario para sobrevivir en nuestras junglas de cemento. Sobre todo, moldea a las personas para que se ajusten a la sociedad. Y no digo moldear de una forma negativa ni positiva, cuidado, sino como lo que es. El hombre es un animal social. Los roles sociales nacen de aquí (hombre, mujer, trabajador, padre, madre, hijo, sobrino, estudiante, hermano, amigo…). Todos tenemos varios roles, “trabajos sociales”, que desempeñamos dentro de la sociedad, ya que la sociedad espera de nosotros que los cumplamos.
Por lo tanto, dentro de nuestra propia individualidad, compartimos muchos aspectos de nuestra vida, actuando de una manera muy similar. No sé si os habéis parado a ver salir a la gente del intercambiador de autobuses –o del metro-, o a ver cómo la gente camina en las grandes ciudades. Pues bien, yo lo he hecho, y debo deciros que nos movemos todos a una, como coreografiados. Nacemos, aprendemos, en la adolescencia nos damos cuenta de que nuestros padres son injustos y no nos comprenden, comenzamos a comprenderles sobre los veinte, seguimos estudiando, buscamos pareja (o parejas), trabajamos (o buscamos trabajo), creamos una familia, trabajamos muy duro para tener un sueldo cuando cumplamos los sesenta y siete y no tener que trabajar más, nos vamos de crucero con el IMSERSO, vamos a clases de salsa, nos mudamos a una residencia; y morimos. Y raro es el que se va a una cueva a vivir de lo que cace.
¿Y qué, o quién es la sociedad, esa que espera tanto de nosotros y nos dictamina en nuestro futuro? La sociedad es la suma de los individuos más la cultura en su más amplia definición. La historia, por tanto, es consecuencia de la sociedad del momento y de los sucesos que acontecen. No creamos que las revoluciones se hacen de la noche a la mañana. Para que haya una revolución francesa, con guillotina en medio de la plaza, debe haber un caldo de cultivo, que ha ido poco a poco generando cambios, tal vez a lo largo de años, o de siglos, tanto a nivel individual como a nivel cultural, para que finalmente la preciosa cabeza de María Antonieta ruede por las piedras. Si ya lo decía Ortega y Gasset: yo soy yo y mi circunstancia.
¿Y en cuanto a la política? para cualquier ciudadano común es un término familiar. Se aplica para definir una conducta, por ejemplo, la política sanitaria o política de privacidad, haciendo referencia a las reglas de comportamiento de una persona o entidad. Y también se emplea para hablar de aquellas personas que han decidido hacer carrera profesional de la política. Yo he optado por definirla de acuerdo a sus raíces etimológicas. Los griegos denominaban Politeia a la teoría de la Polis, de la ciudad, es decir, todas aquellas reflexiones, pensamientos, e incluso normas y conductas que hacen hincapié en la vida pública, en la sociedad. Por lo tanto, cualquier persona que vive en la sociedad, que trata día a día con otras personas, que hace uso de lo público, que comparte espacios comunes, es política.
Y en cuanto a sujeto político activo (cuando se vota, por ejemplo, o se opina en el bar), tenemos ante nosotros a una persona con unos determinados antecedentes, los cuales han ido calando en la mente del individuo desde pequeño, y que conforme el tiempo, y sus experiencias, se han ido puliendo, transformando, hasta llegar a conseguir un “kit de supervivencia”, como lo llama Josep Vallès. Este kit permite al sujeto desenvolverse en su entorno político particular.
Como ciudadanos que vivimos en una democracia, la política que más realizamos es la de votar. Y, por supuesto, la orientación de voto tiene mucho que ver con la socialización. Así, encontramos que la afinidad política familiar determina en gran medida los votos, al igual que la conyugal e incluso la de trabajo o grupo de pares. Esto se da porque el individuo aprende “la acción política correcta” en base a su entorno inmediato, y por lo tanto estas decisiones pueden cambiar con el tiempo, dependiendo de factores territoriales, laborales o culturales.
En algunos casos, como el de Estados Unidos, los votos acaban orientándose hacia dos grandes partidos, y, en otros casos, muchos partidos suelen tener representación política, como el caso de Países Bajos. Para la mayoría de países, sin embargo, los votos se reparten entre tres, cuatro o cinco partidos. Según las tradiciones históricas de los países, los votos tenderán a concentrarse o dispersarse entre los candidatos.
Así, en un país dividido históricamente por cuestiones económicas, el votante tiende a dirigirse a aquel partido más acorde a su estatus. Dentro de esta primera escisión se encuentra una segunda, que es la existencia de divisiones nacionalistas o religiosas, que tenderán a encaminar el voto hacia uno u otro partido.

El término de las dos españas hace referencia precisamente a dos grandes corrientes ideológicas: los conservadores y los progresistas. Estas dos grandes corrientes han estado muy presentes en la intención de voto de los españoles, y más atrás, en la creación de tan distintas Constituciones como la Pepa, o la de 1845, pasando por una etapa de Monarquía Absolutista y un reinado posterior con tintes liberales.
Y estas dos grandes corrientes siguen aún vigentes en España. Actualmente, los conservadores tienden también a querer una presencia mayor de la Iglesia, mientras que los liberales tienden a un Estado laico.
Existe otro grupo de factores que influyen en la elección del voto. Estos son aquellos que tienen que ver más con el votante en sí, distinguiendo dos grandes tipos de personas: aquellas que eligen votar siempre o nunca, es decir, son constantes; y aquellos que varían de unas elecciones a otras.
Los primeros son el ejemplo de ciudadano fiel y constante, aunque también pude ser visto como rutinario y sumiso (Vallès), ya que además suelen votar al mismo partido siempre, y suele ser por tradición familiar y dependiendo del lugar de residencia. En España tenemos el ejemplo de los dos grandes partidos, que tienen lo que se denomina “suelo electoral” o unos ciudadanos fieles que siempre les votan. No es de extrañar entonces que en Madrid gane PP.
El otro tipo de votante es aquel que cambia su voto de una a otra vez, e incluso decide abstenerse dependiendo de las elecciones. Este tipo de votante puede ser tachado de volátil y frívolo, pero también de juicioso (Vallès). Estudios realizados muestran que este votante cada vez es mayor en España. Además, se ha observado que el nivel de estudios tiene mucho que ver en estos dos tipos de electorado, a mayor nivel de estudios menor constancia, y mayor predisposición para cambiar el voto. La mayoría de las personas que se abstienen no tienen estudios mínimos.
Factores como la edad, el sueldo, el lugar de residencia, el tipo de trabajo (manual o de oficina), la orientación religiosa, influyen en el voto, además de la ideología, que como ya se ha visto, forma parte de la socialización de las personas. Aunque creamos que somos libres de todo pensamiento, en realidad nuestro comportamiento está sujeto a distintos estímulos y factores que nos predisponen a ser de una manera u otra. Pero esto, igual que pasa con la información contenida en el ADN, son tendencias, guías. El futuro no está escrito.