
Ya hemos empezado más de un artículo con la palabra “calma”. Pero, calma. Sí, hoy es veintiuno de enero y Trump ya es presidente con todas las de la ley. El imperio occidental tiene nuevo líder y ha dejado helado a este tercio del globo. Tal vez, una de las pocas cosas buenas que tenga su persona como presidente sea el sin fin de material para memes y tuits. Su discurso y su presencia atemorizan y asquean y, sí, admiran a algunos. Sin embargo, so pena de mostrarme demasiado optimista, creo que se debe quitar hierro al asunto toda vez que, si nos adentramos en las competencias políticas, que las tiene, y muchas, el presidente de Estados Unidos es uno de los jefes de Estado y de gobierno que menos poder tiene en el interior de sus fronteras. Las capacidad de elección que maneja, por ejemplo, el presidente del gobierno de España son infinitamente mayores que las que tiene el de la Casa Blanca. Eso significaría que existe cierto halo de esperanza y que, al menos por el momento, Trump necesita hacer más política de lo que creemos para poder llevar adelante la mayoría de sus descabelladas propuestas.

Por cuestiones que vamos a contar a continuación, da mucho más miedo la mayoría republicana en las dos cámaras que la propia figura de Donald Trump. ¿Por qué? Porque el sistema estadounidense está fundado en un concepto que en ciencia política, y en el común de los lenguajes, se conoce como sistema de pesos y contrapesos.
El peso-contrapeso es el arma maestra del sistema político estadounidense que consiste, ni más ni menos, que en la elevación de la división de poderes a su enésima potencia, haciendo que el poder legislativo, el ejecutivo y el judicial –si bien este en menor medida- sean absolutamente independientes entre sí, encontrando en la Constitución y diversas leyes federales unas competencias muy marcadas de donde no pueden salir (legalmente).
Los europeos estamos tan acostumbrados a que los jefes de gobierno centrales dominen amplias zonas de poder que, de una manera lógica, llevamos esta idea a prácticamente cualquier circunstancia. El cariz parlamentario de la mayoría de las democracias europeas alimenta el poder de presidentes y primeros ministros; aunque repúblicas tan presidencialistas, como la francesa o portuguesa, han arrojado ideas un tanto paradójicas como monarquías republicanas. Este concepto, un tanto absurdo al principio resulta, sin embargo, acertadísimo, pero no entraremos en él en este artículo. ¿Cómo puede, entonces, el presidencialismo esta
dounidense controlar a un airado nuevo presidente?
No sé si os sonará este nombre, Charles-Luis de Secondant, aunque si os dio que fue el Barón de la Brêde y de Montesquieu seguro que sí. Él, igual que otros antes, pensó, en pleno apogeo de la Ilustración, que el poder debía controlarse a sí mismo. Después de un complicado proceso intelectual donde debaten airosamente sobre la viabilidad de determinados sistemas políticos publicó, en 1747, Del espíritu de las leyes, donde recoge la idea de la separación de poderes como el sistema para controlarlo. En el libro XI capítulo VI, Secondant saluda a tratadistas como Locke, casi coetáneo e, incluso, autores de la Grecia Clásica y acepta que todo el poder tenderá a corromperse y que este tiene que controlarse a sí mismo, haciendo que existan diferentes competencias para cada uno de ellos, sentando el elemento fundamental de la división de poderes. Y es precisamente la manera en la que se relacionan entre sí lo que determinará el tipo de sistema político.
La Freedom House (https://freedomhouse.org/), una fundación que analiza la calidad de la democracia en el mundo, presenta diversos tipos de sistemas basándose en diferentes variables, entre estas, la división de poderes. Así, un sistema donde los poderes no estén convenientemente separados es una dictadura; un país donde cada uno sea libre es una democracia; y países donde existe cierto grado de autonomía son semi-democráticos o semi-libres.
Estados Unidos es, entonces, una democracia plena que, además, se diseñó sobre el papel evitando, como ya hemos dicho en otros artículos, todo lo malo proveniente de Europa. Si querían marcarse en la diferencia para con las monarquías europeas, sólo tenían una manera: coger el libro y aplicarlo. Y así lo hicieron.
El sistema estadounidense tiene tres poderes: legislativo, ejecut
ivo y judicial. Aquí estamos de acuerdo. Sin embargo, la relación entre el legislativo y el judicial es enfermiza y, ley en mano, no pueden verse. La competencia del presidente es ejecutar, y ejecuta; la de la cámara de representantes es legislar, y legisla. Pero uno no ejecuta y el otro no legisla. La clave de todo esto está en dos palabras: proposición y proyección.
Hagamos el paralelismo con España, un modelo de democracia parlamentaria. Aquí el gobierno tiene una competencia llamada proyección de ley. No puede crear ley, pero puede escribirla y proponer su aprobación al congreso. El modelo parlamentario se caracteriza, además, porque el gobierno sale de él, ergo su presidente es miembro del congreso, es diputado, con voto, ergo, crea ley. Es, además, el líder ideológico del partido dominante, dominando también la decisión de los diputados que lo integran.
Supongamos ahora que el parlamento quiere aprobar una ley. Puede hacerlo por medio de una figura que se llama proposición de ley donde, de manera independiente al gobierno, lleva adelante todo el proceso hasta su aprobación –la ejecución ya depende del gobierno-. Sin embargo, no olvidemos el párrafo anterior, lo que conlleva que, si tal proyecto no va acorde a la idea del gobierno, proveniente del partido mayoritario, si este, además, tiene mayoría de voto, huelga decir que nunca se aprobará tal proyecto.

Estados Unidos se cargó este sistema desde sus inicios. Allí no existe la proyección de ley. El presidente del gobierno ni es elegido por el parlamento, ni depende de él ni a él pertenece. De hecho, salvo contadas ocasiones, y una de ellas es el discurso sobre el Estado de la unión, que suele ser a comienzos de enero, el presidente no pisa la cámara, no puede. Si este quiere llevar adelante una ley debe solicitarlo a las cámaras por medio de uno de sus miembros que es, además, su representante dentro del poder legislativo. Huelga decir que esto otorga a la Cámara de Representantes muchísimo poder y un contrapeso real. Si un presidente quiere llevar adelante una ley, como el polémico Obama Care, siempre tendrá a la cámara por delante la cual es muy común que ponga trabas, modifique el texto o, directamente, lo paralice.
Y hemos llegado al quid del artículo: para que Donald Trump pueda llevar adelante buena parte de su programa político debe pasar, siempre, la criba de la Cámara, con el aliciente añadido de que allí sí existe la libertad del representante, otorgándole la potestad de votar en conciencia (debido al sistema electoral del que ya hablaremos). De ahí que estemos acostumbrados a numerosas “intrigas palaciegas” para obtener el apoyo de tal o cual diputado.
Entonces, ¿existe peligro? Actualmente, sí, toda vez que las cámaras están en manos de los republicanos. Si existiera una consonancia entre Trump y su partido, sí tendría este la posibilidad de llevar adelante aquello que planteara, toda vez que las cámaras, presumiblemente, se lo aprobarían. Pero hemos de contar, primero, con la independencia del representante, haciendo que afloren los críticos a Trump, dentro del mismo partido (eso es una democracia) y voten o hagan campaña en contra; y, segundo, hemos de contar con que en las próximas legislativas los estadounidenses resten mayoría republicana en las cámaras, invocando el contra peso y reduciendo sensiblemente el poder del Presidente, otra vez.