
Ha llovido ya desde aquellos momentos donde el fundamentalismo occidental estaba justificado bajo el radicalismo religioso. Si bien buena parte de Europa es laica nominal –o sea, laica socialmente hablando, aunque no necesariamente dentro del ámbito jurídico-, nuestra sociedad es, bien heredera de aquellos preceptos religiosos de antaño, o bien una consecuencia de la idea religiosa imperante en esta. Y es que, por muy laicos que seamos, en países con sociedades sensiblemente conservadoras
como son España, Francia o Estados Unidos, el peso de la educación religiosa se ha dejado ver, pudiendo encontrar en los comportamientos sociales cuál ha sido la interpretación socialmente imperante. Llegados a este punto, hemos de confesar que este iba a ser el primer y único artículo sobre política y religión; pero luego llegué a la conclusión de que sería imposible –o improbable- condensar en tan poco espacio todo el aspecto necesario para entender la problemática del mismo. Pero como sé que sois ávidos lectores de las publicaciones del Corruptor, ahora sí podremos hacer las cosas bien.
Las grandes interpretaciones cristianas son, como ya hemos tocado, la católica y las protestantes, siendo estas principalmente las luteranas, las evangelistas y la protestante propiamente dicha. También sabemos que esta separación fue fruto de la Reforma, que determinó el indiv
idualismo frente a lo jerárquico, representado en la Iglesia Católica.
Esta separación se observa en las liturgias, los grandes lugares de educación en las sociedades pre era de la comunicación. De esas liturgias salía la sociedad –y, en cierta medida, las liturgias salían de estas sociedades- que quedaba determinada por el discurso del sacerdote, pastor, o líder religioso de la comunidad, el cual tenía un reconocimiento social y, por tanto, un bajo porcentaje de duda.
Ya dijimos que el catolicismo se politizó en tiempos de la Reforma pasando a ser parte regular del panorama político de muchos países europeos, entre ellos, Francia y España como ejemplos paradigmáticos. Pero, si bien Francia es un país católico, sí abrazó el laicismo desde hace el tiempo suficiente como para verse diluido en cierta manera su influencia en el ámbito social. España, sin embargo, no hace tanto tiempo que rompió con el nacional-catolicismo y todavía hoy encontramos numerosos ejemplos de esta influencia en la generación del baby boom y, obviamente, en la generación anterior, algunos ya en la senectud, que vivió su adultez durante el alto franquismo. No cejo en mi empeño de encontrar en ellos los vestigios del catolicismo y, aunque parezca mentira, hoy en día, nosotros, sin saberlo, repetimos aquellos patrones.
¿De qué patrones estamos hablando? Naturalmente, de los patrones de la autoridad. No olvidemos cómo el catolicismo no reconoce la capacidad individual del creyente para con Dios. El católico repite lo mismo todos los domingos durante la ceremonia guiada por un sacerdote que tampoco tiene competencia para variar un contenido, impuesto desde Roma, que está marcado por los diferentes momentos del año litúrgico. 
La figura de autoridad es palpable en España, hoy, en el mismo sistema educativo. ¿O no llevamos toda nuestra etapa formativa escuchando al profesor, estudiando literalmente y vomitando en los exámenes sin ningún tipo de criba crítica? Yo ya tenía mala letra, pero en la facultad la perdí completamente dada la velocidad adquirida a la hora de tomar apuntes cual taquígrafo especializado. Si bien es cierto que a otros profesores universitarios, entre ellos uno muy Pardo, les tengo en altísima estima, no sólo porque eran absolutamente contrarios al sistema establecido, sino porque, como se te ocurriera redactar un examen literalmente, estabas suspendido por toda la eternidad.
Seamos sinceros: cuando planteamos este tema, la respuesta clásica de mamá, papá o figura equivalente, ya sea jefe, supervisor, tío algo más mayor o anciano de la parada de autobús, la respuesta es siempre la misma: si nadie te dice– decían, por ejemplo, profesores de primaria- que no pienses por ti mismo. Simplemente que no es el momento: primero, repite, no cuestiones; y luego, cuando tengas tres o cuatro millones de exámenes vomitados, ya podrás pensar por ti mismo. Perfecto. Cuando llegábamos con estas quejas, la respuesta, de gente más cercana: claro, ¡es tu profesor! Le obedeces, ¡y punto!. Y apuntillaban con un: Donde hay patrón, no manda marinero; o el más castizo: cuando seas padre, comerás huevos. Como esto, todo.
Desde la más tierna infancia se enseña a obedecer, a ir a la escuela, a escuchar al sacerdote y creer, que no reflexionar, que Dios existe, y que lo hace porque lo dice el cura, la autoridad, y punto. En el mundo educativo las cosas son como son porque lo dicen los libros; y no importa que te lo creas o no, tú sólo repite lo que tienes que decir, y llegarás lejos. El que más nota obtenía era el que mejor repetía, no ya lo que ponía en el libro de texto, sino lo que decía el profesor, a pies juntillas.
Esa idea de inferioridad, que queda latente durante una liturgia católica donde el creyente está

de rodillas, de pie, sentado, haciendo las veces de una coreografía perfectamente estipulada para que nadie desentone, caló en una España rural desde la edad moderna, manteniéndose como bastión católico fundamentalista hasta bien entrado el siglo XX con pequeños paréntesis liberales.
El no cuestionamiento, hecho común en muchas sociedades, y el hecho de que el catolicismo fuera parte del Estado, llevó a un concepción socio-política de un catolicismo típico, basado en el escaso cuestionamiento del poder establecido. Si los protestantes ven brujas y demonios por todas partes, los católicos son expertos en comulgar con ruegas de molino; o sea, expertos en el es lo que hay; en el virgencita, virgencita, que me quede como estoy, refranes todos estos que atestiguan cómo el poder pertenece a otro, para lo bueno y para lo malo, donde, entendiendo que todos somos culpables, y que nuestra salvación depende de la jerarquía eclesiástica, poco podemos hacer como individuos, cediendo el poder a quienes lo deben tener, según nuestra educación.

De esta manera, y aunque en España contamos con un sistema político plenamente democrático, sí es cierto que mantenemos esa idea preconcebida de cómo son ellos los que mandan y cómo nosotros no podemos hacer demasiado.
Se acepta que las cosas son así y toda variablidad es o innecesaria o peligrosa –si bien, esta última idea está más cercana a una herencia franquista en extinción-. Aunque en declive, por suerte, precisamente en su oposición encontramos estos resquicios. No recuerdo el nombre, pero hay un sociólogo español que, al analizar este tema, “registró” un término llamado catolicismo nominal haciendo referencia a cómo muchos españoles son católicos por tradición, no por creencia, hecho que lleva, por ejemplo, a casarse por la Iglesia o bautizar a los niños sin haber pisado una capilla o sin tener intención de hacerlo. O la Semana Santa que, siendo un invento adoctrinador del contrareformismo, a día de hoy se ha convertido en un acontecimiento más social que religioso de interés cultural internacional.
De una manera o de otra, en ocasiones lo que antes se repetía en la iglesia se repite ahora en la política española, donde existe un cierto halo de despotismo propio de aquellas transiciones católicas que tenían escasa cultura de cuestionamiento del poder. Puede parecer duro, pero en ninguna de las grandes democracias tiene el catolicismo una influencia extra sensible. Lo tiene la religión, como el gran lobby, por ejemplo, estadounidense, pero no ya el catolicismo.
¿Y las variantes Reformistas? Las sociedades reformistas también tienen preceptos parecidos en su día a día. Son sociedades más críticas con el poder. En su seno encontramos sistemas políticos más heterogéneos y, en líneas generales, encontramos una mayor aceptación de la discrepancia política y social. Sistemas políticos tan complicados, como la Confederación Helvética, son casi impensables en panoramas sociales católicos, más afines a la unidad y el centralismo.
Tal vez porque el contexto reformista llevó a que la sociedad se enfrentara a un entorno, en sí mismo, heterogéneo; o tal vez porque su sistema de creencia le incita al individualismo, el desarrollo social ha sido sensiblemente diferente.
Sé que siempre prometemos que el siguiente artículo será el último. Esta vez no lo haremos. Simplemente avisar de que el próximo será igual que este, pero desde el punto de vista reformista.
[Es importante destacar el carácter divulgativo y la intención analítica de artículo. El Corruptor de Conciencias no pretende, ni con este ni con otros artículos, el ninguneo, insulto o adoctrinamiento en contra. Aunque el análisis puede llevar a una interpretación negativa del asunto, son evidentes las bondades y las grandes y buenas acciones sociales que llevan a cabo las organizaciones religiosas]