Fidel Castro: Entre lo cutre y lo magnífico

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     cuadro-1Fidel Castro es otro de esos nombres que no genera demasiada indiferencia. Sí es cierto que, aun habiendo sido un gobernante occidental, su influencia en este horizonte se fue marchitando conforme avanzaba el siglo XX, quedando relegado, desde los noventa, a una posición de dictador hispanoamericano; si bien con una fuerza ideológica más destacable que la del resto.

     No podemos hacer una entrada en esta web hablando sobre su vida y obra dada la extensión de la misma; no se puede, es imposible, hacen falta cientos de páginas para ello. Cientos de páginas ya escritas, por cierto, encontrando entre ellas excelentes trabajos de documentación sobre el tema. Pero mucho me temo que tendremos que conformarnos con un pequeño artículo –prometido hace no demasiado tiempo- donde intentaremos presentaros la imagen de este nonagenario político y revolucionario.

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Castro, en la década de los cuarenta

Fidel Castro Ruz nació el 13 de agosto de 1926 en una familia humilde de emigrados gallegos. De sus biografías se infiere que fue un tipo normal hasta cierto punto, siendo este el que le confiere la característica de un joven apasionado, inquieto, volcado en lo intelectual y, sobre todo, carismático. Muy carismático.

     En sus tiempos universitarios, allí por la década de los cuarenta, se matriculó en Derecho en la Universidad de la Habana donde, como mucho otros entonces y ahora, los dos o tres primeros cursos apenas pisó las aulas. A partir del tercer año, sus biografías dicen que no sólo se centró en su labor académica, sino que, además de en Derecho, se matriculó de Ciencias Sociales y de una variable de Derecho Diplomático. Siendo buen estudiante, en la universidad se relacionó con el mundo cultural de la época empapándose de las ideas revolucionarias cargadas de comunismo al estilo de los años cuarenta. La guerra fría había empezado, el mundo se había dividido y la intelectualidad de aquellos países que no habían vivido la Segunda Guerra Mundial en primera persona se embarcaron hacia un mundo o hacia otro.

     En aquellos momentos, Cuba era una República presidida por Fulgencio Batista, dictador en

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Fulgencio Batista, presidente de Cuba entre 1952 y 1959

la práctica, que tenía el respaldo de Estados Unidos por motivos comerciales. Tras una brillante carrera militar y política, Batista llegó al poder mediante levantamiento militar en 1952, imponiendo un régimen no democrático, suspendiendo la Constitución de 1940 y eliminando la cámara de representantes. Como sucede en otros muchos casos, intelectuales y no intelectuales no reconocieron esta liquidación de las bases democráticas que, además, estaba resguardada bajo el parapeto del EEUU de Eisenhower. En un mundo recientemente dividido, y en un horizonte donde el nazismo no había tenido su aparición o enfrentamiento práctico –tampoco en Estados Unidos, pero este sí participó en la guerra quedando esto en su memoria patriótica-, las explotaciones agrícolas, en manos de latifundistas, imponían un régimen de trabajo agrario muy típico de las relaciones de imperialismo colonial y capitalista –que, para bien o para mal, siguen existiencuadro-2do hoy en día-, germinaron el descontento social, como en otras ocasiones, alimentado por la falta de libertades y la ilegitimidad del gobierno. Este sistema, capitalista – en sus discursos, la revolución empleará también la voz imperialismo– fue interpretado como negativo, opresor y esclavista, haciendo que sus detractores miraran al amigo de su enemigo, Estados Unidos, como un enemigo más y como el promotor de todo aquello, haciendo que viraran hacia el otro mundo: el comunista.

     Aún sin una dictadura de facto, el descontento de los sectores menos privilegiados iba poco a poco abrazando el comunismo atendiendo a sus promesas de igualdad. También, como no podía ser de otra manera, tras la eliminación de las competencias reales de la cámara de representantes, numerosos sectores sociales cubanos se manifestaron contra el nuevo régimen.  Entre estos, encontramos a un joven Castro, líder de un pequeño grupo de oposición que participó, no sólo en estas manifestaciones, sino que, en 1953, perpetraron una intentona de golpe de Estado en el Palacio de la Moncada.

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Fidel Castro, detenido tras el intento de golpe de 26 de julio

     Igual que pasaría con Hitler un par de décadas antes, Castro no logró su objetivo y fue encarcelado. Dada su formación en derecho, aderezada con una personalidad muy fuerte, eligió defenderse a sí mismo esgrimiendo el discurso de su alegato el 16 de octubre de ese mismo año – a modo de preludio de lo que más tarde serán sus interminables discursos políticos posteriores-.

     Fue encarcelado, pero no tuvo tiempo de escribir Mi lucha. Cierto fervor y movimiento popular a su favor fomentaron su liberación a cambio de un exilio en el vecino México. Allí, lejos de olvidarse de lo sucedido, tomó contacto tanto con la intelectualidad del momento como con sus compañeros golpistas en La Habana y, forjándose un grupo encuadro3 el que él sería el líder intelectual, abrazaron la cultura revolucionaria y comenzaron a reclutar adeptos para su causa.

     En el México de Frida, Rivera y Trotsky convivieron muchos exiliados intelectuales. Allí, donde Raúl Castro preparó la llegada de su hermano tras la amnistía de Batista, hizo escala un estudiante de medicina argentino que estaba de viaja espiritual po
r toda Sudamérica subido en una moto destartalada, y queriendo su afán de curiosidad y revolución que se juntaran las historias, y cuando Fidel estaba ya en México, Ernesto Guevara tomó contacto con este grupo guerrillero revolucionario, autoproclamado Movimiento 26 de Julio, que tenía como única finalidad el derrocamiento de Batista. El Che se convertiría en una mano derecha de Fidel, tal vez destronando a Raúl durante un largo periodo de tiempo, convirtiendo, a uno, a Fidel, en el líder del ejército, estratega, filósofo e ideólogo y, al otro, al cordobés, al Che, en la cara revolucionaria para el pueblo.

     Y entonces, comenzó. En 1955, el Movimiento 26 de Julio comenzó una guerra de guerrillas “invadiendo” la isla y dando comienzo a una extraña guerra civil que

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Castro en Sierra Maestra

durará cuatro años. Afincados en Sierra Maestra, perpetraron una revolución militar y propagandística con el fin de debilitar a Batista y obligarle a abandonar el poder. Es un periodo que no puede evitar recordarme a cuanto leí sobre la Revolución Cultural China, y no me refiero a la potencia social que esta tuvo, sino al estilo que siguieron las huestes de Castro. Además de imponer el sempiterno impuesto revolucionario, iban de pueblo en pueblo peregrinando las bondades de su causa y de su ideología. La imagen de Castro leyendo, siempre leyendo, hacen perfecta relación con sus imágenes discursivas hablando, siempre hablando. Castro era un personaje que encandilaba con la palabra, casi tan carismático como el Che. En todas las conciencias colectivas están grabados esos interminables discursos con un cerrado acento cubano. Todo esto le propició la victoria. El clamor social que acabó recabando el Movimiento 26 de julio terminó forzando, no ya la derrota de Batista en un campo de batalla –ya hemos dicho que fue una extraña guerra civil-, sino su salida del país, dejando un vacío de poder que llenará Fidel. El 1 de enero de 1959 Batista se exilia y el día 4 Fidel hizo su paseo por La Habana, paseo que, por otra parte, es común en todos los victoriosos.

     Es una auténtica pena que no podamos profundizar más pero, y ahora sí que estamos en territorio más cercano a la opinión que a lo puramente académico, sí es cierto que si hacemos una analogía con otros dictadores, Castro, aunque comunista en discurso político, tuvo en sus inicios un cierto halo democrático y reformista que, a todas luces, no cumplió. Sí consiguió una revolución cultural al modelo soviético cargado de la pocastro_fidel_1tencia del estilo cubano; el nivel cultural de la isla fue enorme, terminando con la pobreza, fomentando estudios, escuelas, labores sociales; creando un sistema político mundialmente reconocido y habiendo sido capaz de ser el gran contra poder. Pero, y aquí viene la ucronía, todo parece indicar que uno de sus errores fue no ceder el “trono” cuando tuvo la oportunidad. Porque, aunque el comunismo leninista, teóricamente imperando en la URSS, no era democrático tal como lo entendemos hoy, sí tenía mecanismos de depuración interna y sí tenía un partido capaz de controlar el líder político, incluso deponiéndolo, hecho que Castro no tardó en eliminar. Decimos que no lo tardó en eliminar porque, en los comienzos de su gobierno, Castro rara vez se vinculó con el comunismo; de hecho, no lo haría hasta después de la Crisis de los Misiles. No. Castro fue, mal que pese a muchos, un dictador, y un dictador militar. Sí asimiló consignas y procedimientos propios del marxismo-leninismo, como una constitución –en aqucuadro4ellos términos- o procesos electorales donde el ciudadano elegía, de entre una terna de miembros pertenecientes al mismo partido, a sus representantes, alcaldes y cargos menores -¡uy! Esto huele a próximo artículo sobre el sistema político comunista-. Pero el personalismo que ha girado en torno a la política en Cuba es innegable, como también lo es que Castro consiguió dominar la palabra. Es un personaje digno de estudio.

     Hay una obra firmada por Ignacio Ramonet, Biografía a dos voces, donde este periodista recoge cerca de cien horas de entrevista con Fidel. La fuerza y la cultura del cubano es, simplemente, sorprendente. Es complicado encontrar a día de hoy un político con sus conocimientos, con su facilidad de expresión, con la fuerza de su palabra y, por qué no decirlo, con el morro que le echa. Porque, si bien la inmensa mayoría de los políticos occidentales, ya no decir sobre los españoles, tienen niveles culturales y anchura de miras más que cuestionables en muchos aspectos, el ideal revolucionario cubano estuvo basado en cierta intelectualidad que, por otro lado, parece que sólo el manejaba.

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Fidel Castro y Juan Pablo II

Esta habilidad no quita las purgas internas –entre ellas, las de la bienavenida muerte del Che en Bolivia en 1967 a manos de la CIA, en torno a la cual existen indicios de que el chivatazo sobre su paradero llegó desde La Habana-, ni quita los presos políticos, ni a los balseros; ni quita la falta de libertades.

     ¿Lo cutre? La imagen de dictador militar; el no cumplimiento de las promcuadro-6esas que giraban en torno a él; lo tirano de sus actos; la dictadura social/personalista. ¿Lo cutre? Tener un país cerca de cincuenta y seis años con el mismo jefe de Estado; ¿lo más cutre? No haber sido democrático cuando tenía todas las capacidades para serlo.

     ¿Lo magnífico? Él mismo, su facilidad de palabra, su intelectualidad; la capacidad de generar fascinación; sus discursos en las Naciones Unidas; su capacidad de contrapoder occidental siendo una voz muy fuerte entre los países no alineados; en definitiva, su capacidad política; ¿Quién no habría querido ver hoy, en 2016, una conversación entre Fidel Castro y Ernesto Guevara?

     Si la Historia le absolverá nosotros no lo sabemos -por encima de todo, debe ser el pueblo cubano quien haga las veces de juez-; pero lo que sí sabemos es que hemos sido testigos de una figura política plagada de romanticismo, intelectualidad y propaganda, a medio camino entro lo cutre y lo magnífico; una figura que sabía manejar la política con la técnica de un artesano; que sabía manejar el lenguaje con la mano de un académico y la demagogia con el arte de un griego clásico; que conocía la teoría de aquel régimen que defendía con la pluma de un filósofo ruso; que manejaba la política, en definitiva, a su antojo. Era un político al que le falló no ser democrático.

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