

Así comienza la misa católica. Poco después de empezar con el saludo oficial, lo primero que hace el fiel es confesarse culpable de pecar en todos los aspectos de su vida. Todos los domingos y fiestas de guardar, el creyente católico asiste a la Santa Misa, un ritual guiado por un sacerdote ordenado, esto es, introducido en un compendio jerárquico perfectamente organizado donde lo que este declara, el Sacerdote, incumbe a toda la institución a la que pertenece. En otras palabras, en la liturgia, el Sacerdote dice la misa tal como así se ha escrito desde Roma.
El Protestante también va a misa. Algunos tienen incluso los pantalones de los domingos. Allí el

fiel se sienta a escuchar los sermones de los pastores que, al no ser sacerdotes, no están ordenados dentro de ninguna institución, sino que son miembros de la comunidad en la que viven, elegidos de entre los miembros de ésta, y que adquiere la responsabilidad de llevar la liturgia, mantener la iglesia y difundir la Biblia y sus principios morales.
En este tercer artículo, y en el cuarto, que está por venir, vamos a intentar poner sobre la mesa las diferentes liturgias. ¿Por qué? ¿Por qué las liturgias y no, por ejemplo, los textos bíblicos comparando los católicos con los protestantes? Os digo, ¿por qué no? Porque, primero, una comparación de textos sería algo tan interesante que no podemos resumir en este espacio –aunque ahí está la intención, archivada entre los asuntos pendientes, que no olvidados, de hacer un buen estudio del tema y divulgarlo
aquí-; y, segundo, porque las liturgias, ya sean dominicales o diarias, supuso durante siglos la escuela de la sociedad. La influencia que tenían sacerdotes y pastores fue total y absoluta, toda vez que las gentes de aquel entonces tenían, primero, a Dios como principio de autoridad, negándose así la posibilidad de que un fiel no asista a las ceremonias; y, segundo, reconocían a pastores y sacerdotes como gente que decía verdades o, como poco, gente a la que merecía la pena escuchar.
¿Cuál es la frase más repetida a día de hoy en occidente? Sería algo así como: ¡esto es verdad! ¡Lo ha dicho la tele/internet/lo he visto en Facebook! Bien, antes, esta “tele” como principio de autoridad, era el sacerdote. Entonces, igual que hoy la tele, la gran masa era guiada por los discursos que escuchaban en las horas de liturgia, las cuales iban calando en la mente de las personas como una gota en una cueva que, colmada de sedimento

s va generando una estalactita y determinando su forma de pensar y su día a día. Por eso hemos elegido las liturgias.
Empecemos con la liturgia católica. ¿Qué podemos decir de ella? Mucha gente habrá asistido más de una vez, y más de dos, a la celebración de una misa católica. Seamos parcos en palabras: la misa católica rememora la última cena, la última reunión de Jesús con sus Apóstoles. En ésta, además de las escrituras propiamente escritas desde Roma, se reconoce un concepto conocido como transubstantación, o la interpretación de que el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo.
Armados con esta terminología, lo primero que nos llama la atención es lo guiada y medida que está la ceremonia. Toda la liturgia está basada en una interpelación constante entre el sacerdote y el creyente donde uno habla y el resto repite, repite, repite y repite. No hay lugar a la colaboración. Antes de la homilía, algún colaborador asiduo de la eucaristía puede leer el texto de la sección que corresponda en relación al año litúrgico. Pero el creyente, en líneas absolutas, repite. Cualquier curioso puede encontrar el guion de esta liturgia, aprendérselo, asistir a la ceremonia y ser uno más sin llamar la atención en absoluto.
Sin ánimo a entrar en polémica, podemos decir que el católico es un devoto que no tiene autonomía en su credo. Cuando un creyente vive y hace la Iglesia, como reza la propaganda, está trabajando para ella, promulgando la palabra de la fe en total reconocimiento a la institución romana. En el catolicismo es oficial lo que el Vaticano dice que es oficial. Todo lo demás, no lo es. La no autonomía del creyente genera directamente otra realidad: si este quiere alcanzar la salvación lo único que tiene que hacer es obedecer repitiendo las consignas, repitiendo sus dogmas; repitiendo incluso lo que
debes creer.
Por fin, después de dos artículos y medio, hemos llegado al quid de la cuestión. Hemos llegado al punto álgido que vincula la religión con el credo religioso. Prometo ir con cuidado.
Vamos allá, -hagamos mentiras con las manos-: Retomemos conceptos anteriores, viajemos de nuevo al siglo XVI. Como opinión personal, este siglo, el XVI, fue, junto con el XIX y el XX, el más político de la Historia –mi preferido, en igualdad de condiciones, junto con el XVII y el XX-, y en éste encontramos el momento de formación de lo que en Historia conocemos como la formación del Estado Moderno. Esa centuria supondrá el fin del proceso de desmantelamiento del feudalismo. Un siglo donde la política centrada en un rey al frente de un Estado cargado, además, de ideología de Estado, y no ya de territorio feudal, dio un nuevo impulso a la política. Roma, Señora de los territorios vaticanos, no era una excepción. Como Estado, los territorios vaticanos estaban asentados tanto en la fuerza como la fe, con el añadido de poseer la competencia de justificar el poder de los demás jefes cristianos. Como ya dijimos, una claudicación ante la interpretación luterana supondría perder de facto no sólo su poder político para con el creyente extranjero, sino también su fuerza dentro de su propio Estado, hecho que no sólo preocupaba al papado, también a los demás jefes de Estado. Puede sonar extraño que un rey católico vea peligroso salir del yugo del reconocimiento del Papa, lo que, a todas luces, puede ser, y fue, un alivio para más de uno.
Pero por encima de todo esto, y aquí viene el momento álgido de toda esta explicación, es que independizarse del papado, además de todo lo que religiosamente implicaba, suponía un orondo cambio en la inteligencia social. En una frase del artículo anterior dejé caer que la Reforma fue un movimiento no exento de reivindicación social. ¿Por qué? Porque al reinterpretar la relación del creyente con Dios llevándolo al plano de lo personal, fuera del panorama común de la Iglesia Católica, estaban negando deliberadamente la potestas y la auctóritas del mismísimo Papa, figura que no es sino el representante de Dios en la tierra. Si, como individuos, negamos la autoridad de semejante cargo, ¿cómo no vamos a negar el reconocimiento de un jefe político?
Hagamos una serie de analogías fáciles – cojámosla con todo el cuidado, recordad que estamos andando en un angosto paso entre la genialidad, la demagogia y la falacia- que nos permitirán entender mejor el proceso. Simple: Si el Papa reconoce, con su auctóritas, el puesto político de príncipes y reyes, y eso implica el reconocimiento de su cargo por parte de la gente, si ahora el Papa está vacío de todo reconocimiento, los señores políticos reconocidos por él también caerán en tela de juicio. Todos los señores políticos verían cuestionadas sus legitimaciones.
Sí, Dios era el principio de autoridad. Todavía nadie negaba su existencia ni influencia, sólo reivindicaron un cambio en la manera de relacionarse con él que terminaría generando un cambio en la relación con el poder establecido. Y entonces vemos cómo aparecieron dos movimientos políticos: por un lado, aquellos que tuvieron a bien arriesgarse y aceptaron el coste de oportunidad de reconocer este no reconocimiento a Roma. ¿Y qué sucede en Europa cuando pasa algo así? Que estalla la guerra.

Las Guerras de Religión fueron absolutamente políticas y uno de los periodos bélicos más influyentes de la Historia de Europa, toda vez que definió el estado de cosas a partir de la Segunda Edad Moderna, por ende la crisis de conciencia, la Ilustración y todo lo demás. Ahora la política vendía ciudades a cambio de misas.
Pero, ¿qué sucedió en aquellos lugares donde el protestantismo llegó de oídas? Debemos recordar que el meollo de la cuestión se forjó y obtuvo su cénit en centro Europa, migrando exitosamente hacia el norte y a penas tímidamente hacia el sur. Italia y sobre todo la Monarquía Hispánica, primero de Carlos de Gante y más adelante de Felipe II, que no vivió guerras de este estilo en la península gracias, primero, a su aislamiento social generado por el territorio y, segundo, gracias a que tenía un continente nuevo donde entretenerse, cercenaron sin miramientos toda cesión de autoridad en este ámbito. Felipe II, quien controlaba hasta la mismísima Roma, no dudó ni un segundo en forjarse como el Rey Católico – o Su Católica Majestad– y definiendo la f
érrea política de poder estatal.
Al Estado se le obedece y para que exista este reconocimiento es necesaria una correcta formación al respecto, formación que no dudaron en imponer. Felipe II, ferviente devoto de la nueva interpretación Católica, instauró el catolicismo en tiempo y forma, haciendo de su monarquía un Estado fundamentalista para su época.
El Catecismo, como uno de los primeros exponente de la formación reglada, llegaba a todas las personas desde su más tierna infancia, haciendo que estos estudiaran, engulleran y vomitaran los aprendido todos los días de ceremonia en un proceso que duró siglos y que terminó generando la estalactita del comienzo. Para que un católico alcance la salvación sólo tiene que obedecer y repetir. Es, sin lugar a dudas, la postura más cómoda que ha llegado hasta nuestros días.
La anulación de la capacidad reflexiva impuesta por el catolicismo, tan criticada por el protestantismo, caló y ha determinado la sociedad de aquellos lugares que se asieron al credo Romano. Hoy seguimos, al menos en España, en la misma situación. Donde hay patrón, no manda marinero. A los niños, desde su más tierna infancia, en la guardería o en el cole, se les dice, siempre y en todo momento: tú haz lo que te diga el profesor. Apréndete el examen; no pienses; estudia, vomita y saca notas. Y las calificaciones no van acorde a lo que sabes hacer, sino que están relacionadas con si al profesor le gusta o no lo que has puesto y, ante la duda, está bien si has vomitado el Credo recogido en el libro de texto. Y ya estás salvado. Donde hay patrón, no manda marinero.
Esta anulación de la capacidad reflexiva del individuo, base del franquismo, ha generado una sociedad reconocedora de patrones, tanto en casa, como en el trabajo –donde se hace lo que dice el jefe-, como, obviamente, en la política, donde los países de tradición católica tienen unos jefes de Estado y de gobierno con muchas más atribuciones que en aquellos de tradición protestantes que son, a todas luces, mucho más liberales.
¿Significa esto que el protestantismo es mejor que el catolicismo? Paciencia, la siguiente entrega está por llegar.