Religión y política: 2. Catolicismo y contrarreforma

     Newton descubrió la pólvora, en su campo, pero la descubrió no obstante. Su tercera ley habla de la acción reacción, donde, al ejercer fuerza sobre un objeto, acción, encontraremos una reacción igual y contraria. Una característica de la Historia es que conforme nos acercamos a nuestro momento presente, el tiempo histórico se acelera. Una acción socio-política en pleno siglo XVI tendría sus reacciones; pero, mientras en un escrito las sentimos como inmediatas, entre esta y su reacción pueden pasar años o décadas. En el caso de la Reforma, la reacción fue rapidísima hasta para su momento presente. La 95 Tesis a las indulgencias salieron a la luz en 1517, y en 1520 ya se había armado la de Dios es Cristo. ¿Cuál fue la reacción ante semejante acción? Efectivamente: el catolicismo. Quedaos, os dije que esto merecía la pena.

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Carlomagno, Circa. 742-814

¿Recordáis lo expuesto en el artículo anterior? ¿Aquellas ideas donde la reforma se independizaba del poder político y temporal de la iglesia romana? En aquellos momentos todavía estaba vigente, y lo estará a lo largo de toda la Edad Moderna, la idea de la justificación divina del poder. El poder es divino, aunque no su portador, y este se pasa de heredero en heredero. ¿Y quién tenía la competencia de declarar la divinidad del poder? La ceremonia de coronación de Carlomagno por el papa León III en el año 800 no fue sólo una ceremonia religiosa, sino todo un desafío hacia el imperio Romano de Oriente que guardaba para sí el poder de legitimación política de continente. Ahora era el papado quien nombrada y convalidaba poderes políticos en nombre de Dios; y Carlomagno el primero en entender que con el reconocimiento del Papa era suficiente. Uno, Carlomagno, se encargaría del poder temporal, mientras que, el papado, protegería el poder espiritual y, dada su situación de representación de Dios en la tierra, el poder legitimador. El Papa, efectivamente. Y, entonces, todo cambia: de repente una doctrina religiosa dice, en nombre de la fe, que el papado no tiene, o no debe tener, la competencia de mandar sobre los creyentes; los justos viven por la fe, o sea, los individuos viven por su propia fe, y el papado y su jerarquía pierden toda competencia. Competencia que perderán también a la hora de convalidar los poderes políticos. ¿Os imagináis que, como Príncipe de un Estado alemán, o sea, como jefe de Estado, de repente te das cuenta de que te han quitado una variable independiente de la espada de Damocles? Obviamente, un planteamiento semejante aumenta la autonomía real de los jefes de Estado haciendo que muchos de estos se subieran al carro. Esta nueva concepción eliminaba de facto el poder político de la iglesia romana, y no estaban muy por la labor.

 

      El movimiento reformista fue algo novedoso no exento de un discurso social

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Biblia de Lutero, 1536

que culpaba a la jerarquía eclesiástica de haber pasado por encima de sus votos, de haberse metido en política, de haber abandonado el punto de fuga propia del cristianismo y ser, en definitiva, una institución acumuladora de riqueza que no se dedicaba a lo que se tenía que dedicar.
El cruce de acusaciones originó una vorágine de reestructuración de ambas partes. Lutero reescribió la biblia eliminando aquellas partes que, entendía, habían sido introducidas por los traductores seculares de la Vulgata: si toda traducción es traición, si esta, además, se realiza por juristas “pagados” por el poder adyacente, esta Vulgata no era más que un panfleto del poder. Aunque más que la nueva redacción de la Biblia, la Reforma se enfrentó a Roma en cuestión de forma. La eliminación de los sacramentos y, sobre todo, de la misa guiada y escrita desde Roma, eran actos intolerables para la Iglesia quien poco tardó en contraatacar. Si la Reforma se levantó acusando a la jerarquía eclesiástica, esta, como respuestasin-titulo, la reforzó, pero Europa ya estaba patas arriba.

 

     Europa occidental comenzó a dividirse entre defensores y retractores de Roma comenzando las guerras de religión que no terminarían hasta la Paz de Westfalia de 1648. Entre medias, tanto unos como otros se definían. Mientras los luteranos se dividían en diferentes interpretaciones y “sectas”, abrían iglesias donde eran los fieles quienes se encargaban de llevar el clero, la homilía; eran los miembros de las comunidades quienes elegían y mantenían al pastor que era uno más de entre ellos con su familia, hijos y trabajo y quienes se rend
ían ante Dios libremente, cantando un góspel, curando cojos en el altar o dando interminables sermones. Con independencia de interpretaciones, es innegable el halo de libertad individual que trajo bajo el brazo la Reforma. Si los justos viven por la fe, es el individuo quien tiene que preocuparse, agrupado por la comunidad, pero trabajándolo él solo, por vivir acorde a la Biblia, acorde a la moral, y ganarse él solito el perdón en el momento de su muerte.

     Esta entrada en juego de lo individual fue cercenada de raíz por parte de Roma. El papado y sus países afines se esmeraron en definirse en todo lo contrario: en definirse como un conjunto, en negar la capacidad del individuo para obtener el perdón reivindicando la necesidad de la existencia de la jerarquía eclesiástica para el correcto mantenimiento de la moral y del poder espiritual. Estsin-titulo2e movimiento contrarreformista estuvo liderado por la Monarquía Hispánica de tiempos de Carlos de Gante, y culminado por su heredero, Felipe II. A lo largo de la primera mitad de siglo XVI, se dieron un importante número de Dietas donde unos y otros pretendían poner en común sus diferencias en aras a llegar a un acuerdo que terminara con las guerras. En una de estas, la de Espira de 1525, se llegó al acuerdo donde el príncipe podría elegir la confesión del terreno que gobernaba – determinación que se hará fehaciente en la paz de Augsburgo de 1555-, acto que, en la Dieta de 1529, de nuevo en Espira, fue rechazada por el bando Romano. Ante esto, ante la eliminación de esta competencia, los luteranos se levantaron, protestaron, quedándose con el nombre: los protestantes.

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Concilio de Trento, entre 1542 y 1563

Pero la guerra continuaba y los poderes políticos afines a Roma se movilizaron. La gran potencia de momento, la España de Carlos de Gante, lideró la convocatoria del primer gran Concilio de la Edad Moderna: el Concilio de Trento, convocado por el Papa Julio II, se dio en diferentes sesiones a lo largo de mucho, muchísimo tiempo, entre 1545 y 1563. Por la Monarquía Hispánica lo terminaría Felipe II, el gran monarca de nuestra mitología política. Veinte años de concilio envuelto de guerras y entresijos políticos que culminó con todo lo contrario a lo promulgado por los protestantes: la Iglesia Romana se alzaba como universal, como católica, de Ó Catolithós, universal en griego y, además, frente a la sucesión de diferentes maneras que traía el protestantismo, con casi una iglesia por cada comunidad, Trento creó la unificación de la iglesia, reivindicando tres cosas: la vulgata, la misa y algo novedoso: el catecismo. A esta visión de la Iglesia Universal se le dio un nombre: iglesia católica.

 

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Catecismo Tridentino. Edición de 1797

     Al católico se le instruía en el credo romano y los países afines a este sistema se cerraron en banda ante cualquier otro cambio. Ahí queda la Pragmática de 22 de noviembre de 1559, donde Felipe II prohibió que los estudiantes universitarios acudieran a estudiar a universidades extranjeras; o la recomendación de Richelieu a Luis XIII de levantar la prohibición del libro de Descartes, toda vez que esta estaba fomentando su impresión en los Países Bajos, protestantes y más abiertos, y su entrada de estraperlo en el reino de Francia.

Y aquí hemos llegado. La relación del católico con Dios se desarrolla dentro de los estándares y cánones dictados por Roma eliminando toda competencia individual, y, si los protestantes formaban su condición religiosa de una manera libre, el catolicismo lo cerraría al adoctrinamiento y a la repetición; a la obediencia de los votos y al poder socio político real y de facto que tendrían los sacerdotes en monarquías como la Hispánica o la francesa.

     Es realmente llamativo cómo en la época unos se metían con otros. Los protestantes decían, y dicen, de los católicos que se pasan la vida quejándose por cosas que han hecho o que van a hacer acusando a esta confesión de anular la capacidad del individuo poniéndole de rodillas al menos una vez cada domingo y presentándole la imagen de un Dios al que hay que temer y rendir pleitesía. Por supuesto que el protestantismo adoctrina, claro que lo hace, ¡es religión! Pero lo hace desde un punto de vista social, que puede ser igual de malo y anulador. El catolicismo lo hace desde la iglesia y las instituciones.

 

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Confesión de Augsburgo, 1555

Pensemos en la misa católica. ¿La recordáis? Es cerca de media hora, la de hoy en día, antes duraba bastante más, en la que el creyente repite salmos, oraciones, siempre las mismas, con el mismo orden. Nada más empezar, entona una culpa por:

 

[…] haber pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión.

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…

     Las guerras de religión no se detuvieron con el nacimiento oficial de Catolicismo como lo entendemos hoy en día. Entre medias del Concilio se dio la Paz de Augsburgo de 1555, uno de los último vestigios de poder de Carlos de Gante representado por Fernando de Austria antes de que su sucesor llegara al trono. Aquí se recupera la idea de la Dieta de Espira de 1525 que otorga al príncipe –jefe de Estado- de turno elegir la confesión para el territorio sobre el que gobierna. Pero ni por esas.

Protestantes, de diferentes confesiones –calvinistas, luteranos, hugonotes- y católicos se enzarzaron en una de los periodos bélicos más cruentos de la Europa moderna sumiendo a Francia, por ejemplo, en una de sus guerras civiles más potentes que terminaron con la llegada al trono del primer Borbón, Enrique IV, quien vendió París por una misa. O sea, quien siendo protestante aceptó el catolicismo, convirtiéndose en su Cristianísima Majestad, intentando rivalizar con el Rey de la Monarquía Hispánica, quien era su Católica Majestad.

 

Sea como fuere la cosa no podía llegar a buen puerto. La primera mitad

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Paz de Westfalia, 1648

del siglo XVII fue de guerra, cuarenta y ocho años de guerra, que agotaron a cualquiera pero que hicieron las veces de elemento definitorio de los territorios políticos: encontramos el germen, silencioso, latente y paciente de lo que doscientos años después será el nacionalismo y encontramos, además, el nacimiento del nacimiento del Estado moderno donde se definieron los países con fronteras muy parecidas a las actuales y las sociedades que vivían en ellas; se terminó con el feudalismo y se instauraron las grandes

monarquías donde la política, para bien o para mal, había subido un escalón en importancia incluyo en aquellos panoramas donde se apostó por el catolicismo.

Esto “terminó” en Westfalia en 1648 dando comienzo a la Segunda Edad Moderna y lanzando a Europa hacia la Ilustración. ¿Pudo, ese entonces, definir religiosamente la política hasta nuestros días? Efectivamente: allí donde se instauró finalmente un credo, la sociedad evolucionó hacia un lado distinto hacia el que se movieron las otras.

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