El encomio de la estulticia

Cuando la gente dice que estudiar humanidades no vale para nada, yo siempre respondo que están muy equivocados. Lo mismo respondo cuando las nuevas generaciones se quejan por tener que estudiar, no sé, raíces cuadradas porque piensan que no le van a dar un sentido práctico en la vida, que no le van a sacar ningún rendimiento material. Mi respuesta ante todas estas quejas es siempre la misma: Historia, matemáticas, filosofía, lengua y literatura y un largo etcétera de asignaturas y conocimientos que, a priori, y por desgracia, tienen poca cabida en el mundo profesional actual sirven, sin embargo, para mover la cabeza, para tener pensamiento crítico. Cuando estudias matemáticas, por ejemplo, por simples que estas sean, aprendes que el proceso es una parte imprescindible en la creación de conocimiento y de conclusiones ciertas. Puedes llegar a la misma conclusión matemáticamente cierta empleando procesos y cálculos distintos, por supuesto, pero más tarde o más temprano comprenderás que el proceso importa y que si olvidas que te llevas una el resultado puede ser nefasto.

       De igual manera aplica el conocimiento de la historia a la hora de entender los procesos actuales. Con una pequeña cultura general, bien empleada, me refiero, no mero conocimiento enciclopédico, sino un conocimiento de relación con el que puedas sacar conclusiones, podrás fruncir el ceño ante acontecimientos, afirmaciones o incluso ante discursos que detectes como simplistas. Con un mínimo podrás detectar que algo no cuadra, reflexionarlo y cuestionarlo. Esto en política es un arma potentísima porque, cuanto más sepas, mayor y mejor capacidad tendrás a la hora de cuestionar, de poner en duda, lo que un político, un partido o un grupo de partidarios te intenten vender como bueno. Con un poco de conocimiento en Historia Contemporánea podrás, hoy en día y por ejemplo, comprender cómo los comienzos del siglo XXI se parecen peligrosamente a los comienzos del siglo XX no sólo en la cronología, sino en las formas.

       Esta semana se ha oficializado que la inmigración es un problema para la Unión Europa. La gran noticia de la semana ha sido precisamente la aprobación por parte de su parlamento de una reforma de la norma regulatoria para endurecer las consecuencias de los inmigrantes que estén en territorio comunitario en situación irregular. Esto, per se, no debería llamarnos la atención, toda vez que todos los Estados miembros cuentan con su propia ley y normativa que regula esta materia. Lo que hace esta reforma es otorgar un paraguas que unifique ciertos criterios para que todos los países apliquen la misma normativa y evitar así veintisiete procesos diferentes. Insisto, que exista una ley que regule la inmigración no es nada del otro mundo ni nada que debería llamarnos la atención toda vez que, insisto, es algo que nos es completamente familiar. Y es precisamente aquí donde nos damos de bruces con el discurso cuestionable que siempre ha enarbolado la extrema derecha tanto en España como en el resto del continente.

       La inmigración, en sí misma, siempre ha hecho fruncir el ceño a más de uno porque sí, es cierto que es un fenómeno que se ha incrementado en los últimos diez años por diferentes motivos. Pero ha sido sólo en los últimos cuatro o cinco años cuando la extrema derecha ha cogido el ariete contra este fenómeno. Si analizamos por encima el discurso anti migratorio de la extrema derecha no es difícil concluir que no dicen absolutamente nada que no exista ya. La inmigración irregular ya está perseguida y penada; ya se realizan deportaciones e investigaciones; estos inmigrantes irregulares ya están excluidos del abanico de ayudas y de planes públicos. Sin embargo, el discurso simplista y agresivo de estos partidos ha sido capaz de “crear” una realidad inexistente y hacer pensar a más de uno, y a más de dos, que la inmigración es un proceso descontrolado y peligroso. Peligro no sólo en sentido material —peligro a que roben el móvil en Las Ramblas— sino peligroso en el sentido más puro, más social, más identitario. Estos partidos dicen que la inmigración es tan peligrosa que va a desplazar a nuestra propia sociedad «la teoría del gran reemplazo» lo llaman. Es tan peligrosa que van a terminar con lo que nuestra sociedad ha sido durante los últimos cientos de años.  Este ha sido el discurso de Iván Espinosa de los Monteros durante todo el tiempo que estuvo en VOX. Este es el discurso de Alternative Für Deutschland, de UK Reform y este es el discurso, en definitiva, que ha comprado una parte importante de la comisión europea.

  Este juego de la deslegitimación es increíblemente peligroso toda vez que la estabilidad social y estructural está basada en el reconocimiento que la gente tiene hacia las instituciones públicas.

       Tras los disturbios que hubo en Belfast hace un par de semanas, Nigel Farge, líder de la extrema derecha británica, defendió la respuesta violenta porque, según él, la policía tiene una vara de medir diferente en función al color de la piel y tiene orden de ser más dócil con el inmigrante que con el nacional. En España todavía no han ido tan lejos, pero sí se escucha a mucha gente hablar de que parte de los servicios sociales no llegan a los nacionales porque lo dan todo a los inmigrantes. En cuanto la respuesta a semejante afirmación es que no existe cabida para tal discriminación en nuestro sistema legal, automáticamente se acogen a la deslegitimación del sistema como único clavo ardiendo. No se puede hacer, pero lo hacen porque, como gusta decir últimamente en España, esto es una dictadura.

       Este juego de la deslegitimación es increíblemente peligroso toda vez que la estabilidad social y estructural está basada en el reconocimiento que la gente tiene hacia las instituciones públicas. La democracia no es más que un sistema estructurado para que dirigentes e instituciones nazcan y mueran en función a un procedimiento realizado y reconocido por todos nosotros. Mal que nos pese, aunque el presidente del gobierno sea de un signo diametralmente opuesto al mío, en tanto en cuanto haya accedido al cargo por las vías democráticamente establecidas, también es mi presidente hasta que termine la legislatura y habrá que aceptar que las leyes aprobadas por ese parlamento tienen la misma legitimidad que si las hubiera aprobado el partido del que soy militante. La extrema derecha y su intolerancia innata es incapaz de aceptar esta situación. No creen en que aquellos que piensen diferente tengan el mismo derecho que ellos a hacer cosas y tomar decisiones y, por tanto, no lo reconocen. Por mucho que intentes explicar a esta gente que la luna no está más cerca que Huelva, como ellos ven la luna, y no Huelva, entienden que estás mintiendo, que todo es un complot y que ellos tienen la verdad absoluta. Verás cuando se enteren de que no hay pollo en el repollo.

Los Camisas Negras que marcharon sobre Roma en 1922 no sólo no reconocían al sistema, sino que lo entendían como peligroso y destructivo hacia toda aquella cultura que entendían como propia. Del mismo modo actuaron los sublevados en España en Julio de 1936. Como no reconocían ningún tipo de sistema que no fuera el suyo avanzaron por la península asesinando a diestro y siniestro porque, a su juicio, era la única manera de terminar con el enemigo. Fascistas, franquistas, nazis o estalinistas marcharon contra su poder establecido porque su cultura, el ser patrio estaba en peligro y había que defenderlo a capa y espada. Cuando a Franco le preguntaron qué haría para expulsar a los rojos de España respondió: lo que sea necesario. Esto es lo que pasa cuando deslegitimas un sistema que es legítimo: que pierdes el control.

El Parlamento Europeo ha cedido a buena parte de la política migratoria defendida por la derecha y por la extrema derecha. No nos equivoquemos ni nos pasemos de frenada diciendo que es una ley fascista que va en contra de los derechos humanos. Sí es cierto que a parecer de muchos es muy restrictiva, sobre todo en los puntos donde la detención puede pasar de seis a veinticuatro meses o incluso más tal y como leemos en el documento compartido por la Comisión (habrá que ver cómo se adapta al espíritu democrático de las detenciones). Fruncimos el ceño también con la creación de centros de acogida de estos inmigrantes irregulares en terceros países (o sea, países no comunitarios) que tienen otras normas no reguladas por Bruselas quedando la calidad humana de estas personas a merced de otros; y tampoco queda demasiado claro cómo serán las “redadas” que pretenden hacer para “cazar” a estos inmigrantes en situación irregular. Todo esto tiene que clarificarse, ser aprobado por el Consejo y después ser adaptado y cumplido por todos los Estados miembros.

Fascistas, franquistas, nazis o estalinistas marcharon contra su poder establecido porque su cultura, el ser patrio estaba en peligro y había que defenderlo a capa y espada. Cuando a Franco le preguntaron qué haría para expulsar a los rojos de España respondió: lo que sea necesario. Esto es lo que pasa cuando deslegitimas un sistema que es legítimo: que pierdes el control.

 Por muy simple que para la extrema derecha sea devolver a los inmigrantes a sus Estados, hay normas que hay que cumplir, normas internacionales, me refiero. ¿A dónde se deporta a una persona de la que se desconoce su origen? Nigel Farage dio la respuesta en rueda de prensa: si esa persona entra desde Afganistán, se la devuelve a Afganistán, aunque sea ciudadano de otro país. El simplismo mental e intelectual de la extrema derecha (o sea, soluciones fáciles a problemas complejos) obvian lo que pasaría si Afganistán, armado con la misma premisa, decide no aceptar a esta persona de vuelta. Al parecer, ante esta tesitura, han creado un limbo en terceros países donde esta gente pasará sólo Dios sabe cuánto tiempo.

Las concesiones a la extrema derecha están empezando a ser constantes. Nos podemos agarrar a la idea de que Europa realmente tenga una democracia consolidada y que suceda lo mismo que ha pasado en Hungría, que esta extrema derecha al final sí reconozca el sistema y se vaya cuando le toque. En España, el Partido Popular ha ligado su presente y su estabilidad a pactos con VOX que rozan lo deplorable, dándoles vicepresidencias y consejerías tan llamativas como cultura, educación o trabajo, porque es la cultura lo que realmente quieren dominar. Esta compra de paz, de estabilidad, de apaciguamiento no es gratuita, daña la convivencia, genera odio y el odio genera violencia.

No se puede apaciguar al extremismo, sea del signo que sea, a fuerza de darle concesiones. La derecha pacta con ellos mientras la izquierda melancólica comete los mismos errores de no reconocer que no toda la derecha es extremista y que a lo mejor una “gran alianza” destruiría los extremos.

Cuando Neville Chamberlain en 1938 se presentó en la Cámara de los Comunes alardeando de haber aceptado la anexión de los sudetes para apaciguar las ansias imperialistas de Hitler, Winston Churchill, al estilo británico, le respondió: «le dieron a elegir entre el deshonor o la guerra y ha vuelto con deshonor y tendréis guerra».

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