La izquierda no puede robar.

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La corrupción, por desgracia, es algo de sobra conocido en la política española. Hay quien dice que lo llevamos en la sangre, que en España se hace gala de ello. Hubo, incluso, quien me dijo que recolectamos lo que sembramos, toda vez que esa cultura del pícaro nos la enseñan, o al menos a nuestra generación, nos la enseñaban con cierto orgullo cuando nos decían aquello de que el Lazarillo de Tormes era la plena representación de España. Parece quedar claro que quien pueda hacer, que haga, tonto el último o coge el dinero y corre.

Si en el Partido Socialista se destapase un caso de la gravedad de los papeles de Bárcenas, pasarían años hasta que el PSOE recuperara al votante perdido.

       En los últimos años la corrupción económico-política en España ha sido patrimonio casi exclusivo del Partido Popular. Un grupo político encontrado culpable por un tribunal y catalogado como organización criminal al haber quedado probado que utilizó los fondos, a la sazón originados ilícitamente, para sus propios fines, campañas o reformas. Ahí quedan esos Ratos, esos Bárcenas o esos M.Rajoy. Una corrupción institucionalizada que tuvo ramificaciones hasta en la mismísima Casa Real (por no mencionar a un Juan Carlos Emérito que vive en el Golfo por no regularizar su situación con hacienda). Todo esto, como decía, era, y es, algo conocido, asimilado, tomado como algo normal y dentro de lo aceptable siempre y cuando se mantenga encapsulado en el lado derecho del espectro. Es como cuando en una clase de bachillerato está ese grupito que siempre toca las narices, pero en tanto en cuanto sean los mismos cuatro, que no salgan de su esquina y que no contagien al resto, al final te acabas acostumbrando al ruido y aceptas que más tarde o más temprano se acabará el curso y el problema será de otro. El problema actual es que ha quedado claro que la corrupción ya no es patrimonio exclusivo de la derecha.

       La superioridad moral de la izquierda ha traído a la sociedad actual una serie de progresos difícilmente refutables. Sin entrar a valorar los derechos fundamentales recogidos en la Constitución de 1978 (en contra de la votó Alianza Popular), la izquierda socialdemócrata defiende lo público, la integración social, la redistribución de la riqueza; defiende la igualdad de oportunidades y un sistema impositivo progresivo que sirva para financiar a un Estado que tenga como uno de sus objetivos proteger al individuo de la pobreza. Pero a la izquierda también se le presuponen ciertas líneas de pensamiento, unos planteamientos reflexivos, una anchura de miras intelectuales basado en el análisis, en no comprar correlaciones espurias; a la izquierda se le presupone, como decía, la capacidad de tocar para corroborar que lo está viendo realmente es lo que está sucediendo. No nos sorprende, entonces, que organizaciones como Hazte Oír, Abogados Cristianos o Manos Limpias, salgan defendiendo barbaridades que se alejan de toda base intelectual. Es por esto, por esta superioridad moral presupuesta a la izquierda del espectro, por lo que la actual situación de corruptelas y autos de imputación ha caído como un jarro de agua fría.

       Así lo defendió Gabriel Rufián en una de sus intervenciones cuando se destapó el caso Ábalos. Dijo abiertamente que la izquierda no puede robar. Y no puede robar porque si la izquierda cae en los mismos malos hábitos que la derecha esto puede convertirse en un bebedero de patos porque el votante de izquierdas es bastante rencoroso y no olvida con facilidad. Mientras la demografía y las estadísticas muestran cuán estable es el voto a la derecha (tal vez por una falta de opciones real), el voto de la izquierda es famoso por su volatilidad y su abstención. Si en el Partido Socialista se destapase un caso de la gravedad de los papeles de Bárcenas, pasarían años hasta que el PSOE recuperara al votante perdido.

       La actual situación que rodea al Partido Socialista no puede ser más beneficiosa para un Partido Popular que, primero, se ve ganador incondicional de las siguientes elecciones y, segundo, que por fin ve que los enredos judiciales no son patrimonio exclusivo de Génova y que su rival político también tiene que enfrentarse a compañeros que les han salido rana. A los portavoces del Partido Popular sólo les ha faltado decir a frase de: no somos nosotros los únicos que metemos la mano en la caja.

       Reflexivamente nos podemos preguntar si estos crímenes son iguales. Desde luego, así lo son jurídicamente, pero, parafraseándome a mí mismo unas líneas atrás, estos delitos pesan mucho más cuando caen a la izquierda del espectro porque para mucho es manchar un expediente casi perfecto en esta materia. Alguno puede lamentar que, si Zapatero realmente es culpable de las mismas corruptelas que la derecha, cabe suponer que los políticos sí son todos iguales.

Y no puede robar porque si la izquierda cae en los mismos malos hábitos que la derecha esto puede convertirse en un bebedero de patos porque el votante de izquierdas es bastante rencoroso y no olvida con facilidad.

       Como la izquierda piensa, reflexiona, tiene memoria y es rencorosa hay cosas de todo este proceso que no está comprando. Además de cómo se está desenvolviendo el proceso en sí, con el baile de nombres de jueces y fiscales que muchas veces no esconden sus avenencias con la derecha y sus pseudo medios y asociaciones, la izquierda también está frunciendo el ceño por cómo el Partido Socialista está tratando todo este asunto.

       El Ministro de Transportes ha corrido a hondear la bandera de la deslegitimación de las instituciones alegando que existe una trama para derrocar al gobierno por medios no democráticos. Tales acusaciones, venidas de un ministro, deberían venir acompañadas de un auténtico ritual de pruebas, toda vez que es una acusación muy seria y en la izquierda, lo único que falta, es comprar el discurso de la deslegitimación. A este paso, el Partido Popular va a perder la ventaja absoluta que tanto le caracteriza.

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