Veintisiete de octubre, u otro triunfo del temperamento

    «Para qué sirve la política» es la pregunta más formulada desde los albores del nacimiento del Estado moderno. Todos, o prácticamente todos los pensadores de la teoría del Estado, coinciden en que el Estado provino tras un periodo de duración variable en donde el caos se apropió de la sociedad. Un caos tan grande que sólo llevaba el sufrimiento a las gentes.

     Dirían estos pensadores que en aquel periodo «pre-estatal» todo el mundo tenía la misma libertad para hacer el bien y el mal, ocasionando una situación en la que la justicia corría por la mano de cada individuo; o sea, generando caos. A la sazón de los acontecimientos, esta sociedad decidió reunirse y, entre todos, designar a un grupo de gente de entre ellos, para que, desde la mayor neutralidad, solucione los problemas y hable en nombre de todos. Realmente nos gustaría poseer ese fervor, este sentimiento casi religioso que moviliza a la gente a llevar adelante aquello en lo que cree sin tener en cuenta las consecuencias posteriores. Estos mismos son los que llevaban a ese caos pre-estatal. Pero no lo tenemos, qué le vamos a hacer, hemos optado por la razón.

     En tanto en cuanto el individuo es puro sentimiento, la política nació, ahora sí, de manera más técnica, para canalizar, para cargar de razón, aquellos movimientos que, en sí, no lo tienen. No podemos gobernar sólo con la tecnocracia, no, la tecnocracia no funciona; pero tampoco podemos hacerlo sólo con el temperamento; eso lleva a la locura.

¿Para qué sirve la política? Para canalizar el sentimiento, para cargar de razón todo el temperamento social. Cuando gobiernan todos, necesariamente casi como por ley física, hay tantas opciones sobre la mesa que lo único que queda es, o el enfrentamiento, o el enfrentamiento en cuanto el contrato social está basado en el reconocimiento del Estado como elemento neutro para solucionar problemas, el entendimiento es la base y, de nuevo, como si de una inercia newtoniana se tratara, de manera «casi automática», las propuestas se templan y se cargan, sí, de razón. Cuando gana el temperamento, se llama siglo XX.

    Aceptamos que existen pueblos oprimidos donde muere gente ejecutada, asesinada, perseguida; donde la gente es vejada por sus principios, orientación o creencias; donde tienen que enfrentarse a un Estado fallido – o esa situación pre-estatal donde no existe ese gobierno de todos para mantener la paz-; y con ellos aceptamos que pasen por encima de las leyes que les mandan para garantizar su propia dignidad como seres humanos.

     Aceptamos que esa situación no se da en una de las regiones más ricas de Europa perteneciente a uno de los veinte países más desarrollados del mundo. Allí ha ganado el sentimiento, la rebeldía sin causa, la enajenación comunitaria que les ha llevado a ver una realidad que no existe; una situación de locura tan grande que les ha llevado a que se crean unas verdades que no se dan, que legislen acorde a ellas, que empantanen a todo un país en torno a un núcleo falso. Que nos lleven, en definitiva, a jugar sin contrario.

    27 de octubre, u otro triunfo del temperamento.

El Corruptor de Conciencias

27/10/2017

 

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