155, o el poder de las palabras

     ¿La declaró? ¿No la declaró? ¿Dijo esto o lo otro? Esta ciencia, la política, es tan grande precisamente porque se quiebra la cabeza con cuestiones totalmente absurdas y efímeras como son las palabras.  

    Por mucho que parezca que la cosa está realmente patas arriba, y, vive Dios que lo está, todavía hay un ligero atisbo de esperanza. ¿Por qué? Porque el problema, aunque ha tocado a la sociedad, está ligeramente encorsetado en la parte alta, en la política, y el resto, la sociedad, se mantiene expectante ante lo que se diga desde allí. Vamos a hacer algo que no nos gusta, pero, adelante, lancemos un artículo de opinión.  Todo el problema actual, el de secesión, es un problema de palabras. Sustancialmente, un problema tanto de aquellas palabras que no se han intercambiado en los despachos y dialogando políticamente, como de todas aquellas que se han dicho fuera de ellas. 

     No podemos sino ver cómo la sociedad aún está sana, no ha fallado. El Estado, como hemos dicho en reiteradas ocasiones, se basa en el simple reconocimiento que la sociedad tiene hacia las instituciones establecidas y reconocidas. Este reconocimiento puede ser por ideología, educación y cultura o, como dirían los pensadores de la teoría del Estado, desde una visión pesimista, al Estado se le obedece no tanto por creencia o cultura, sino por la coerción establecida. En aras a mantener el orden, la sociedad aceptó que el Estado es el único competente en gestionar la violencia legítima pero que, a la vez, para evitarla, debe crear un mecanismo de coerción para asentar la cultura: la sociedad obedece al Estado porque sabe que es la mejor manera de mantener el orden, porque el poder ha sido elegido de una manera acorde a lo acordado por todo el electorado y porque sabe que cometer ilegalidades será peor que no cometerlas, dadas las previsibles consecuencias. Si la sociedad catalana todavía no ha encabezado una rebelión es porque sabe que incluso aquí deben existir las normas. De ahí la importancia de las palabras; de ahí la importancia de que un político diga algo o no lo diga.       

    El problema que está viviendo España es un problema de palabras. Con una palabra todo cambia. Si el President declara la DUI, aunque sólo sea de palabra, la gente que así lo entienda, ya tiene una justificación, porque sabe que aquel que ostenta el poder –Puigdemont llegó a la Presidencia por la dimisión de Más- es quien tiene capacidad para hacerlo, y no otro.  

   Este post va de palabras. ¿Se declaró realmente la independencia? 

  1. ¿Qué dijo exactamente el Presidente de la Generalitat? Recogido textualmente del Diari de Sessions del Parlament de Catalunya, XI Legislatura, cinquè período, serie P número 83: 

 

“Hi ha un abans i un després de l´1 d´octubre […] assumeixo, en presentar-los es resultats del referèndum davant de tots vostès i davant dels nostres conciutadans, el mandat del poble que Catalunya esdevingui un estat independent en forma de república. 

     >> Això és el que avui fem amb tota solemnitat, per responsabilitat i per respecte. I, amb la mateixa solemnitat, el Govern i jo mateix proposem que el Parlament suspengui els efectes de la declaració d´independència […]” 

 

     Tal vez, la palabra más clara la tengamos en «esdevingui», “se convierta”, y sigue, “en un Estado independiente en forma de República”. Y continúa con “Eso es lo que hoy hacemos con toda solemnidad”, el presentar los resultados para que Cataluña se convierta en un Estado independiente. No se entiende, semánticamente, como una declaración, sino como la presentación del mandato para que Cataluña se convierta en tal y, acto seguido, pide al parlamento la suspensión de tal declaración, esto es, lo que podemos comprender como la “declaración de que van a llevar adelante el mandato de pueblo para que Cataluña se convierta en un Estado independiente”. Parece que esto es lo que se suspende, no una declaración que, al menos en el texto, no se ha dado.  

 

 2. ¿La independencia fue realmente declarada? Si no lo fue, ¿por qué no? Acorde con los procedimientos jurídicos continentales, no, no fue formalmente declarada. ¿Por qué? Porque, aunque la voz de un jefe de gobierno tiene rango de oficialidad cuando habla, por ejemplo, de una opinión, política o acto, su palabra no es ley. La ley, o sea, algo jurídicamente vinculante, debe estar escrita y sancionada. Esto es, dentro de las formas democráticas elementales, la norma escrita sólo se convierte en ley cuando se ha aprobado acorde a una forma determinada y esto implica su votación en el parlamento y la posterior sanción por el jefe del ejecutivo. En este proceso no se dio ni una cosa ni la otra. 

 

En España, las leyes aprobadas por las Cortes deben ser firmadas por el Presidente del Gobierno y sancionadas por el Rey en su calidad de Jefe de Estado. Con todo, la firma del Rey es un acto debido, o algo que debe hacer por obligación. 

 

3. Si no fue formalmente declarada, ¿por qué se ha activado el artículo 155? Porque la obligación del jefe del gobierno es la de cumplir y hacer cumplir la constitución. Esta lleva a actuar no sólo ante el hecho consumado, sino ante la evidencia de que tal hecho pueda consumarse. Efectivamente, no se pueden hacer detenciones sin un delito consumado –aunque en ocasiones la mera planificación de un acto ilegal puede ser constitutivo de delito-. Por tanto, sí, el artículo 155 puede llevarse adelante sin la necesidad de que la declaración de independencia se haya oficializado. A la luz de los últimos años, el gobierno ha entendido consumada la amenaza de que tal hecho se produzca, teniendo como debida la aplicación de un acuerdo de aplicación del 155 en el cual no se llevan adelante acciones judiciales, sino un movimiento político centrado en la redistribución de competencias ejecutivas y parlamentarias, pero sin llevar adelante una acción judicial destinada a abrir diligencias a responsables. Otro motivo sería que judicialmente se entendiera la prevaricación, o la acción de ejecutar unas políticas públicas a sabiendas de que es ilegal. Aunque, volviendo al apartado anterior, tampoco habría habido prevaricación toda vez que no hay nada firmado.

 

     En conclusión, en función al texto, la declaración no salió por ningún lado, pero la importancia y el peligro de las palabras basta para que uno de los dos entienda que debe mover ficha.

Si se declaran elecciones, ¿encontraremos la solución real a este problema de palabras? 

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